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El comportamiento colectivo

Vicente y sus multitudes

FRANCINA CORTÉS

Vicente y sus multitudes

Liliana Arroyo

El mérito de cualquier movimiento social no es exclusivo de quien lo arranca, sino también de todas las personas que lo secundan

El verano es aquella época del año que nos precipita a la aglomeración. Colas en las piscinas, en las carreteras o para comprar un helado. Desde pequeña me fascinaba el fenómeno de la masificación porque no entendía de donde salía tanta voluntad de agregarse. Si daba la vuelta a la frase del refranero popular, me respondía que la gente va a donde va Vicente. No era lo que necesitaba oír, pero me abría la puerta a nuevas preguntas: ¿por qué siguen  a Vicente? ¿Quién es y cómo lo consigue? Lo que estaba claro es que, fuere Vicente o Vicenta, había algún patrón común entre las colas de las piscinas y el 'prime time' de la tele.

Más tarde descubrí que Vicente es en realidad una mezcla entre el imaginario social y un rebaño de ovejas. El imaginario es una especie de subconsciente colectivo que reposa en lo 'normal' y nos une alrededor de prejuicios compartidos. Los hábitos y las costumbres nos confunden lo normal con lo frecuente. Quizá porque lo habitual se convierte en norma cuando lo vemos repetidas veces en nosotros y en los de al lado, y nos parece que universal. La parte de rebaño es la magia del efecto espejo, alimentados porque es algo que todo el mundo hace y así se justifica. Eso, y que pasamos a formar parte de un todo que contagia, que nos envalentona, esa suma de las partes donde se diluyen voluntad y responsabilidad. El clásico ejemplo es la pandilla adolescente que desafía más límites en compañía que en soledad. Pero también es la oportunidad de las minorías, entendidas como marginales u olvidadas, para conseguir ser vistas y, eventualmente, pasar del margen a la norma.

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El tránsito puede empezar con un Vicente o una Rosa Parks, alguien enciende la mecha. Todo lo que hoy vemos y vivimos como normal, de la agricultura al sufragio universal, fue rompedor en su día. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi a alguien hablando por la calle con un teléfono móvil. Un señor 'normal' esperaba en un semáforo para cruzar, con su mano en la oreja sujetando algo y hablando solo. Primero pensé que estaba loco, luego me entró la risa. Lo más parecido que había visto a eso era el zapatófono de Mortadelo y Filemón. Era algo nuevo, extraño y que rompía con algo muy claro: hablar en voz alta andando por la calle en solitario era mal síntoma.

Sin duda hay algo de locura en la innovación, y el atrevimiento lleva a dos caminos posibles: a la admiración del pionero o al rincón de las ideas desviadas. Y eso solamente se define en función de cuánta gente se suma. Así que el mérito de cualquier movimiento social no es exclusivo de quien lo arranca, sino que es patrimonio de todas aquellas personas que lo secundan, lo mantienen y lo perpetúan.

Según un estudio, cuando se consigue el 25% de activistas por una causa, se alcanza el mínimo que todo lo cambia

Una obsesión de los experimentos sociales es justamente encontrar el punto en el que algo que es incipiente y minoritario, vuelca y se extiende como una mancha de aceite. Muchos estudios se han dedicado a buscar el umbral de la minoría que desborda, la minoría poderosa que consigue darle la vuelta al tablero. La última cifra dice que cuando se consigue el 25% de activistas defendiendo una causa, se alcanza el mínimo que todo lo cambia. El estudio de Centola exploraba la generación de consenso alrededor del matrimonio homosexual o la legalización de la marihuana entre otros, buscando ejemplos que escaparan de la convención social para ver en qué punto la minoría puede llegar a desequilibrar la opinión mayoritaria a su favor.

Falta aclarar cómo encaja ese experimento con el comportamiento digital, donde entre las cámaras de eco y las burbujas de filtro es complicado que minorías y mayorías hablen, pero es tan fascinante como urgente explorarlo. Internet es un territorio donde el sentido común aún se está construyendo y un magnífico ejemplo de 'vicentes' digitales son los 'influencers', que, a base de retos definen la normalidad aunque sea de forma efímera. El último reto viral  invita a bajar del coche en marcha y seguir bailando a ritmo de Drake. Son ejemplos de campañas de márketing bien engranadas y algunas banales, pero que también pueden usarse para empatizar con una enfermedad, como fue el Ice Bucket Challenge. La pregunta es si desde lo viral podemos activar revoluciones conscientes y necesarias en busca de un bien común. Estoy convencida de que es cuestión de encender la mecha e inspirar complicidades para encontrar el cómo. Si bien nos queda mucho por aprender sobre la relación entre lo viral y lo profundo, algo sabemos ya: tanto en lo viral como con Vicente, el poder reside en la multitud.