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Rober Bodegas.

Los límites del humor nostálgico

Miqui Otero

Confío en el progreso, así que espero que algún día los chistes se hagan sobre los que causan el sufrimiento y no sobre los que lo padecen. En realidad lo que pido es un regreso al futuro, porque eso es precisamente lo que sucedía hace casi medio millar de años.

Cuando en 'El buscón', una novela de hace cuatro siglos, un clérigo que es lo peor quiere matar a sus pupilos de hambre, el autor lo deja en evidencia: cuando les canta los mandamientos aprovecha el "No matarás" para añadir "No matarás gallinas, capones...". Mediante el chiste, expone la injusticia. No restaña la herida, pero la señala. No se ceba en la chanza sobre el muerto de hambre, sino que muestra qué es lo que convierte a un pobre en pícaro y por qué el uso de su única arma (la inteligencia) para sobrevivir no solo está justificado sino que encierra cierta épica entrañable. Incluso graciosa.

Los chistes de Rober Bodegas deberían verse tan tóxicamente anticuados como el médico que aconseja a la embarazada que no deje de fumar 

Es cierto que un chiste ni agrava una injusticia material ni la resuelve, pero uno piensa en todo esto al hilo de la polémica por los chistes sobre gitanos de Rober Bodegas. Sin defender el ataque violento al humorista, sus chistes deberían verse tan tóxicamente anticuados como el médico que aconseja a la embarazada que no deje de fumar para no ponerse nerviosa. Hay en su defensa una especie de cruzada por un humor nostálgico que tiene más que ver con el de hace tres décadas (los chistes de "gangosos" y "mariquitas" de Arévalo) que con los del Siglo de Oro o con ese "atacar los vicios de mi tiempo pintándolos ridículamente", de Molière. Habría que ver si defenderían el derecho de su jefe a bromear con su despido sin finiquito.

Lo primero que la gente le pide a quien es el blanco de los chistes es que tenga sentido del humor. Es decir, no solo debe padecer la injusticia sino encajar con buen humor que se haga humor con ella. Si se revuelven, se defiende la libertad del humor, como si el humor fuera una estatuilla de plata bruñida y no una herramienta al servicio de lo bueno y lo peor. Se defiende un humor políticamente incorrecto que en realidad, fuera del debate ensimismado sobre sus límites, perpetúa el cliché injusto avalado por el poder, así que es todo menos políticamente incorrecto. Que, en definitiva, no tiene puta gracia.

                

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