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El conflicto catalán

La apuesta se fue aumentando

LEONARD BEARD

La apuesta se fue aumentando

Jordi Nieva-Fenoll

Quizá sea hora de asumir que los excesos de unos y otros solo tuvieron una irresponsable intencionalidad electoralista

Empiezan a oírse voces del lado independentista en torno a que hubo cerrazón en sus políticos, en lugar de acusar de ese defecto solamente a la otra parte, que sin duda también lo tuvo. Lo sucedido en Catalunya, especialmente hasta el 27 de octubre del 2017, solo se entiende si en lugar de pensar en términos emocionales o nacionalistas, se observa la situación a través de lo único que, por desgracia, tantas veces importa a los políticos: los resultados electorales.

En Catalunya, dejando al margen otras motivaciones, existe desde hace tiempo una lucha por el dominio del voto catalanista entre la antigua Convergència y ERC. Esa contienda mutó hacia una búsqueda exclusivamente del voto independentista cuando los dirigentes del primer sector político percibieron el auge de ese movimiento, que contribuyeron por ello a impulsar con fuerza. Dejaron atrás a un no despreciable sector simplemente catalanista, pero la deriva de los eslóganes caló en la opinión de la gente, se vio que el mensaje trascendía a sectores de la población tradicionalmente no catalanistas y se confió en que se conseguiría finalmente una de las antiguas mayorías 'pujolistas'. Es obvio, se quiera ver o no, que la estrategia fracasó. Incluso una parte nada despreciable del tradicional voto catalanista se fue a opciones decididamente españolistas.

Alianzas forzadas

Visto con perspectiva, lo anterior representa un desastre en términos históricos y electorales, que se intentó tapar con forzadas alianzas dejando atrás, sobre todo, los programas económicos y sociales que caracterizaban a ambos partidos. Todo parecía dar igual, salvo el objetivo final que casi todos los dirigentes sabían perfectamente inalcanzable, como ya han reconocido explícitamente varios de ellos. La entrada en liza de la CUP no hizo más que aumentar la competencia entre las opciones catalanistas.

Por el lado españolista las cosas no fueron distintas, aunque todavía no se ha entonado el 'mea culpa'. Desde hacía años el voto de esa opción ideológica iba endureciendo también su mensaje a cuento de la exacerbación artificial de la situación política catalana, de la que dependía una parte considerable del granero de votos. El PP mantuvo y exasperó su tradicional mensaje nacionalista -español- de preservación de la unidad de la patria a toda costa, arrastrando al PSOE a esa pugna que, por cierto, nunca había formado parte auténtica de su argumentario, tradicionalmente más federalista que otra cosa.

La unidad de España

Finalmente, también la entrada de un tercero en discordia -Ciudadanos-, que planteaba la defensa de la unidad de España como parte esencial e irrenunciable de su programa -así lo percibieron sus votantes-, llevó a la radicalización de ese ideal por parte de las dos tradicionales fuerzas políticas. Sin embargo, ello no les permitió retener voto, sino que esa situación polarizada les condujo a perder una suculenta saca de sufragios en favor de Cs. Y de Podemos. A los votantes del PP su partido les parecía que pecaba de tibieza, y a los del PSOE, que su opción política había perdido fuelle progresista.

He aquí, por tanto, una curiosa historia de cómo caer en la trampa del radicalismo perjudica políticamente. Por miedo a perder el voto más esencialista, los partidos tradicionales estimulan el integrismo del electorado tradicional de cada partido, de manera que los votantes que se quedan lo hacen por tradición, y los que se escapan, se van igualmente porque ya no creen en las intenciones de su partido original.

El radicalismo
asegura un buen número de votos irredentos, pero no garantiza mayorías parlamentarias suficientes para gobernar

Qué modo más absurdo de embarrar la política de un país a cambio de nada. Parece que poco a poco se va entendiendo lo ocurrido, aunque no por parte de todos. El radicalismo, ciertamente, asegura un buen número de votos irredentos, pero no garantiza mayorías parlamentarias suficientes para gobernar. Además, en términos sociales, el extremismo no crea más que problemas y situaciones de aberrante tensión.

Quizá sea hora de reconocer todo lo anterior, asumiendo que los excesos cometidos por unos y otros solo tuvieron una imprudente e irresponsable intencionalidad electoralista, pero que realmente no iban más allá. Tal vez de ese modo la gente vuelva a votar sin pensar en términos 'patrióticos' y no exista una bandera que tape cualquier otra ideología que las personas íntimamente sienten, y que está basada en la gestión eficiente de un territorio con el respeto a los derechos humanos como único estandarte. Así, conservadores y progresistas podrán escoger libremente sus opciones políticas sin tener el cerebro decorado con los colores de una nación.