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Clientes en una librería.

Chema Moya

El libro del otoño

Milena Busquets

Incluso en las épocas más ruinosas, cuando vamos a una librería mis hijos saben que tienen derecho a hacerse con todos los libros que deseen

Tuve la suerte, creo que es una suerte, de nacer y crecer en un ambiente de gente de letras, en una casa repleta de libros, en una familia que se ganaba la vida fabricándolos e intentando venderlos. Se hablaba de libros del mismo modo que imagino que se debe hablar de plantillas y de cordones en una familia de zapateros o de chorizos en una de charcuteros: con conocimiento de causa, con humildad, con pasión, con respeto, con familiaridad, sin pretensiones ni esnobismos absurdos, con amor, y también, de vez en cuando, con sorna, con hartazgo y con preocupación y desespero.

De niña, lo peor que podían regalarme para mi cumpleaños eran libros. Cuando veía el característico paquete cuadrado y duro sentía un profundo y repentino desanimo, lo abría a toda prisa y casi sin mirarlo lo depositaba en cualquier sitio.

Sigo considerando (qué poco cambiamos a partir de los 6 o 7 años) que un libro no es realmente un regalo, tampoco es un capricho, es algo mucho más básico, una obviedad, como el mar, algo que debe estar siempre al alcance de la mano para no sumirnos sin remedio en la más profunda de las miserias.

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La única cosa que permito que mis hijos compren sin límite son libros. Incluso en las épocas más ruinosas, cuando vamos a una librería saben que tienen derecho a hacerse con todos los libros que deseen.

De niña leía bastante pero jamás me obligaron a ello, mis padres consideraban que nuestra única obligación era ser felices y estar bien educados. Las buenas notas se daban por sentado y no se consideraban demasiado valiosas. Lo mismo que ganar dinero. De todas las cosas interesantes que podéis hacer, decía mi madre, dedicaros a ganar dinero es la menos apasionante de todas, cualquiera que quiera hacer dinero (y que esté dispuesto a no ser siempre absolutamente honesto para lograrlo) lo puede conseguir, ser rico no tiene mérito alguno.

Así que no tratábamos a ricos, tratábamos a escritores. No leía a ninguno de ellos. No los leí durante mucho tiempo. No leí a Barral, ni a Jaime Gil, ni a Ana María Moix, ni a Terenci, ni a Carmiña, ni a Umberto Eco, ni a Marsé, ni a José Agustín Goytisolo, ni a mi madre. No leí a la Matute durante todos los años que la traté, y fueron muchos. No la leí después de que fuese la primera persona que vino a visitarme al hospital cuando nació mi segundo hijo. La quería, ¿qué falta hacía leerla? Leer es una forma de posesión, pero el amor es mejor.

La he leído este verano. Acabé hace unos días 'Primera memoria'. Es un libro extraordinario y luminoso, fácil y limpio, hondo y radiante, parece escrito antes de ayer. Como no se lo puedo decir a ella, se lo digo a ustedes. Y léanlo.

Temas: Libros