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Al contrataque

Hoy el equivalente de ir al pueblo es ver una ciudad que suena de oídas

Verano de aeropuertos reventados lo mismo que una estación de autobuses cuando la gente iba al pueblo. Pero hoy el equivalente de ir al pueblo es ver una ciudad que suena de oídas. Algún monumento habrá. Por ejemplo, en París está la torre; en Berlín, la puerta; en Vigo, Siniestro Total, y en Segovia hay un acueducto muy antiguo, casi tanto como aquellos romanos a los que enviaba san Pablo sus largas epístolas. Ahora no se mandan ni postales. Cada vez que pienso en Pablo de Tarso (que no es poco, vivimos tiempos de doctrina), me acuerdo de Henry Fonda y de José Bódalo; aunque los apóstoles, los del Evangelio, eran todo lo contrario: 12 hombres con piedad, incluido Judas, faltaría más. Hemos comprobado en nuestras carnes cuánto pueden unas monedas de plata tan solo con nombrarlas. (Sí, Pablo llegó más tarde, se entretuvo en un viaje camino de Damasco pero, aun no siendo uno de los 12, no pierde su condición de apóstol).

Monumentos en Barcelona hay para inmovilizar una cuadriga, y ya que sale a colación este tipo de carro valga recordar que también están en Badalona los monumentos a Manolo Escobar, en el barrio de la Salut, y el del anís del Mono, junto al Pont del Petroli, en la playa. (La línea evolutiva de Badalona, y la de muchos de nosotros, es esa: la que va desde el primer homínido que, como Jorge Sepúlveda, se quedó mirando al mar, hasta el que llegó con una maleta y por tocar la gloria tocó las palmas).

En Barcelona, el monumento más conocido quizá sea el de Cristóbal Colón. Hay 'indepes' que quieren que lo desmonten, pero este agosto en una parroquia en Pals (Girona), el Cercle Català d’Història, que también es pro 'independe', le organizó al almirante una bendición sacerdotal, pues defienden que Colón zarpó de aquí y no de Palos de la Frontera (Huelva). Así llevamos un montón de tiempo atrapados entre la moral como símbolo y la genuflexión, entre el remordimiento de conciencia y la fantasía. Entre mis monumentos preferidos de Barcelona, los primeros ni tan solo son originales, sino una réplica. Se trata de las pajaritas de papel que hay en el Clot y que hizo para el parque de Huesca el escultor Ramón Acín (lo fusilaron por anarquista cuando la guerra, contra la tapia de un cementerio, y a su mujer, Conchita Monrás, también la fusilaron días después). Cuando Unamuno escribía poesía, a hacer pajaritas se le llamaba papiroflexia, pero desde los días, también idos, del poeta mexicano Manuel Ulacia se le dice origami (lean su poema 'Origami para un día de lluvia'; ah, era nieto del republicano Manuel Altolaguirre, exiliado, poeta y editor del 27). Y el monumento que más detesto es el Valle de los Caídos. Se alza sobre España como la tapia de un cementerio.

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