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Dos miradas

Verdad y belleza son uno y en la maroma entre estos dos polos (conciencia y pasión) -como unos acróbatas torpes- tratamos de mantener el equilibrio

Asociamos el verano a la frivolidad y quizá es el error más notable que cometemos. El diccionario nos dice que las cosas frívolas son las de poco peso, de poca importancia, y, al mismo tiempo, también es un frívolo quien otorga a estas cosas una importancia que no tienen. El verano parece que nos lleve a la fijación por la superficie, a una huida de los grandes temas que nos preocupan, a la larga siesta que todo lo suaviza, a la noche apacible o a la alocada noche con bruma. No hay espacio para la reflexión profunda sino para la fijación intensa en los detalles intrascendentes y superfluos.

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Y es mentira. En el interior del verano se incuban -quizá en estado de latencia, tal como embriones a punto de nacer- conocimientos intensos de uno mismo y del entorno que estallarán en otoño o que permanecerán en el espíritu como puntos de fuga que permitirán tener una perspectiva nueva de las cosas. Nada de frivolidad, pues. El verano funciona como el estallido de una epifanía, que es una demostración nítida y concluyente de una realidad hasta entonces desconocida. Como en la urna griega de Keats, allí donde los bailarines esgrafiados quedan inmóviles por los siglos de los siglos, obsesionados en su danza impávida, descubrimos -con dolor, a veces; felices, quizá; siempre con la sabiduría que proviene del corazón- que verdad y belleza son uno y que es en la maroma entre estos dos polos (conciencia y pasión) -como unos acróbatas torpes- donde tratamos de mantener el equilibrio.

Temas: Verano

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