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El fin del verano

Para convivir con el día a día apenas hace falta robar 15 minutos a la jornada. Quince minutos de lujo en los que nos otorguemos el papel protagonista

Son las vacaciones una necesidad. Un descanso de la vida cotidiana. No hace falta salir fuera para escapar de la rutina, de la realidad aparente y construida con la que habitamos nuestro pequeño mundo particular. A modo de técnica de relajación para nuestra mente inquieta y absorta en los problemas y dificultades con que engarzamos los días a las semanas, a los meses, y estos a los años, un periodo de paréntesis constituye una válvula de escape imprescindible. Nos convertimos en seres gozosos que disfrutamos de antemano ante la perspectiva de un tiempo de libertad frente a las obligaciones adquiridas, aun a sabiendas de que este tiene las horas contadas, y nunca mejor dicho.

Este tiempo-joya, al principio lo malgastamos con despilfarro, tan largo parece el asueto cuando apenas estamos acostumbrados a uno o dos días de recuperación a la semana. Esos días iniciales transitan con rapidez, porque es facilísimo acostumbrarse a lo bueno. El periodo pico se inicia en el ecuador, cuando somos conscientes de que, a partir de ese momento, nos situamos en rampa de salida para la cuenta atrás del retorno. Y los últimos días ya son casi un infierno de ansiedad anticipatoria: se vislumbra la cuesta de septiembre, el acopio de los últimos libros del colegio, ¿servirán los uniformes o la ropa tras el estirón del verano a los niños o nos apretará demasiado la nuestra tras el paso por los chiringuitos a los adultos?

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Para convivir con el día a día apenas hace falta robar 15 minutos a la jornada. Quince minutos de lujo en los que nos otorguemos el papel protagonista. Quince minutos de deleite contra los otros 1.425 dedicados a la supervivencia. Quince minutos que se erijan en la tabla de salvación emocional para sobrellevar el año que queda por delante hasta reiniciar el ciclo. Y es que para mí, desde que la configuración del curso escolar me estructuró la mente, el año no se inicia en enero sino en septiembre. En eso somos todos un poco niños, porque la primavera y los calores nos sacan la sonrisa y las ganas de no poner un pie en casa, todo lo contrario que el fin del verano.

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