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Vacaciones

Con cuatro meses piso por primera vez el pueblo de mis abuelos, lo que siempre llamaremos el pueblo, y sigo veraneando cada año en el mismo lugar

Verano, 1988. Con cuatro meses piso -es un decir- por primera vez el pueblo de mis abuelos, lo que siempre llamaremos el pueblo, y sigo veraneando cada año en el mismo lugar, con la misma gente, ahora con mis padres y mis abuelos, ahora con mis abuelos, y siempre con la abuela -mi bisabuela-, cuya máquina de coser Alfa espera en el salón para que siga haciendo prácticas con el pedal sin motor; con la abuela, decía, con quien iba a buscar los huevos durante tres, cuatro, cinco años, al corral, y yo tras ella, para que los gallos -fieros- no me picoteen, y ella, poco más alta que yo, encorvada y valiente, los asuste para hacernos paso.

Verano, 1997. Hemos dejado de veranear en el pueblo, porque la abuela, mi bisabuela, ha muerto, y durante algunos años no queremos molestar -ese verbo manoseado en las familias, que no aceptan la cortesía de hermanas y parientes- y, por eso, no venimos al mismo lugar, con la misma gente, a hacer cada año las mismas cosas: aprender a vivir sin ducha, sin lavadora, con gallinas, con un patio que hay que regar cada atardecer para que el calor no asfixie.

Verano, 2000. Mis abuelos se han comprado un piso en el pueblo y volvemos a veranear. Verano, 2013, 2014, 2015. Cojo un tren, vengo sola, el pueblo, el piso de mis abuelos, una mesita en mi habitación para escribir un poco todas las mañanas, después de desayunar. Con abuelos, sin abuelos, conozco el resto de Extremadura porque ya no me limito a ir tras la abuela, el mismo lugar con distinta gente. Escribo disciplinadamente, leo y escribo, después de desayunar. Me baño en el río, busco la sombra de cada calle, aprendo itinerarios, recorro ciudades extremeñas que no había visto nunca. Fotografío, paseo, descanso.

Verano, 2016. Compran la casa de la abuela, ya no pertenece a la familia. Ya no volveré a verla. Ya no seguiré heredando cuadros ni tapetes ni costureros ni cajitas. Verano, 2016, 2017. Unos enferman, otros envejecen. Y yo sigo tomando fotos, por si es el último año de alguno de ellos, de los del pueblo.

Verano, 2018. El primero que faltas, yayo, eres tú. Quién lo iba a decir. 

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