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Análisis

Francisco, durante el vuelo de regreso a Italia tras visitar Sudamerica en enero.

LUCA ZENNARO POOL

Después de la 'omertà'

Albert Garrido

El desgaste de la Iglesia católica es manifiesto a causa de la decisión de encubrir las fechorías de los depredadores a sociedades confiadas y tribunales civiles ignorantes de cuanto sucedía

Llega a Irlanda el papa Francisco en plena crisis de la Iglesia católica como referencia moral para muchas comunidades de creyentes defraudados por la proliferación de pastores de la grey que tuvieron el comportamiento de lobos (depredadores sexuales) en medio del silencio cuando no la complicidad de la jerarquía. La sociedad irlandesa, mayoritariamente católica, sufrió en carne propia la tragedia al menos entre 1975 y 2004, y registra hoy un retroceso palpable de la influencia del altar en la vida cotidiana –victoria en mayo de los partidarios de reformar la Constitución para legalizar el aborto– que casos como el de los curas pederastas de Pensilvania –un millar de víctimas– no hace más que agrandar, mientras el desprestigio atenaza la institución.

Experimenta la Iglesia una situación similar a la que sufren en general las instituciones políticas: un alejamiento imparable de la sociedad a la que debieran servir, que sospecha de cuanto hacen y desconfía de ellas por sistema. En el caso de los católicos, integrantes de un orbe regido por una estructura de poder piramidal, con el Papa en la cúspide, habituada a un hermetismo histórico sin concesiones, el desgaste de la organización es manifiesto a causa de la decisión de imponer la 'omertà' y encubrir las fechorías de los depredadores a sociedades confiadas y tribunales civiles ignorantes de cuanto sucedía. De forma que, en la práctica, los abusos sexuales a menores cometidos por clérigos dieron pie a una doble moral: la predicada desde muchos púlpitos contaminados y la practicada en privado.

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El catolicismo conservador, cuya impronta es evidente en el Encuentro Mundial de la Familia al que acude Francisco, ha tendido siempre a considerar que los asuntos de la Iglesia deben sustanciarse dentro de la Iglesia, y no deja de ver con recelo a un Papa alarmado por el comportamiento de algunos de sus ministros en todos los escalones de la jerarquía. Este catolicismo se sentía más seguro con Benedicto XVI, adscrito a un posibilismo útil quizá para perseguir a los delincuentes sin poner en duda la tradición y pedir explicaciones en público. Y este mismo catolicismo es el que con frecuencia se siente desamparado frente a lo que fuera de la Iglesia de Roma se aborda como una causa general contra ella.

La complejidad de este laberinto en el que se cruzan todos los días religión y política, fe y ley se traduce en el hecho de que Irlanda tiene desde 2017 un primer ministro homosexual, Leo Varadkar, que encabeza un partido democristiano conservador, el Fine Gael, no siempre apegado al sermón del domingo. De forma que como en tantas otras sociedades occidentales en un proceso de secularización incontenible, la sociedad católica irlandesa que recibe al Papa está lejos de ser aquella otra no tan lejana en la que la herencia católica era consustancial a la idea de nación, y que hoy sobrevive en Irlanda del Norte como seña de identidad de la comunidad que aspira a la unificación de la isla o, por lo menos, a mantener el statu quo presente, con 'brexit' o sin él.        

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