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 Como todos los jerarcas del nazismo, el doctor Josef Mengele era más feo que pegar a un padre. El cine, siempre generoso, le otorgó los agraciados rasgos de Gregory Peck en la película de Franklin J. Schaffner ‘Los niños del Brasil’ (1978), una fantasía muy entretenida, basada en una novela de Ira Levin, sobre un Mengele triunfal que había conseguido crear una nueva raza de superhombres arios en su exilio brasileño. Nada más lejos de la realidad. Como demuestra la excelente novela de no ficción -un oxímoron muy de moda últimamente- ‘La desaparición de Josef Mengele’, del francés Olivier Guez (Estrasburgo, 1974), las peripecias sudamericanas de ese portento de la eugenesia -solo comparable al doctor Moreau de H.G. Wells- fueron un espanto absoluto: 30 años (1949 – 1979) dedicados a la huida constante, a saltar de un país a otro, a esconderse de sus perseguidores (principalmente, Israel, ya que la República Federal Alemana de Konrad Adenauer no se mató precisamente a la hora de localizarlo, tal vez porque la policía estaba trufada de nazis disimulados) y a llevar una vida triste, oscura y miserable. Tras sus años de esplendor, Mengele dispuso de 30 años para arrepentirse de sus fechorías, pero nunca lo hizo: cuando su único hijo lo visita en su exilio, comprueba que papá sigue como una regadera.

Olivier Guez narra los 30 años que Josef Mengele dedicó a esconderse de sus perseguidores y a llevar una vida triste, oscura y miserable

Olivier Guez narra esos 30 años a la fuga de manera fría y precisa. Se ahorra la moralina porque no le hace ninguna falta. El Mengele de su libro es un pobre desgraciado que no suscita empatía alguna, un prófugo de la justicia -Guez siente mayor simpatía por el juez Fritz Bauer que por el cazador de nazis Simon Wiesenthal, al que presenta como un ególatra más preocupado por su papel en la historia que por su objetivo moral- que pasa de Argentina, protegido por Perón, al Paraguay del tirano Stroessner y de ahí a un Brasil en el que nadie se fija mucho en él. Tras el secuestro de Eichmann en Buenos Aires por el Mosad, Mengele cae de lleno en la paranoia, que conserva hasta sus últimos tiempos, cuando, en realidad, ya no lo busca nadie.

El retrato del monstruo -muerto de un patatús en 1979 mientras se bañaba en una playa brasileña- evita la truculencia, centrándose en la banalidad del mal. Tal vez no sea la mejor lectura veraniega, pero vale mucho la pena.

Temas: Nazismo

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