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RUIDO EN EL ENTORNO

La seguridad policial está presente en el centro de la capital.

RICRD CUGAT

El recuerdo de las víctimas del 17-A

Enric Marín

Hay una regla inviolable en estas conmemoraciones: nadie debe contaminar la memoria de los fallecidos en un atentado

Jueves, 17 de agosto del 2017. En aquella jornada Barcelona mostraba el aspecto de cualquier día de verano. Un día caluroso en el que los turistas de la procedencia más diversa llenaban calles y monumentos de la ciudad. Y fue, precisamente, la calle más cosmopolita y emblemática el objetivo finalmente escogido por los terroristas yihadistas. Horas más tarde el escenario del terror se desplazaría a Cambrils. Sin haber superado la conmoción inicial, y aún no asimiladas las dantescas imágenes que todo acto terrorista persigue, dos hechos altamente positivos sorprendieron la opinión púbica local e internacional: la rápida y eficaz acción de la policía catalana y la respuesta cívica, tolerante y respetuosa de los dirigentes políticos y la sociedad civil. Imágenes, muchas imágenes, pero, sobre todo, la del abrazo del imán de Rubí y el padre de una víctima del ataque yihadista. El mismo 'The New Yorker' destacaba en un editorial el contraste entre el discurso xenófobo de Donald Trump y el posicionamiento institucional conciliador del presidente de Catalunya, Carles Puigdemont. En el 2001, el expresidente Bill Clinton, pronunció en Barcelona una conferencia sobre globalización y cambio social. En dicho acto, Clinton sorprendió a la audiencia con un vaticinio muy contundente: "The future will be catalan or taliban" ('el futuro será catalán o talibán'). 16 años más tarde, aquella sentencia adquiría una significación renovada.

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La profesionalidad que demostraron los Mossos d'Esquadra como policía democrática e integral contrastó con el torpe proceder del ministro Juan Ignacio Zoido, que ignoró y menospreció el trabajo sobre el terreno de la policía catalana. Pero lo peor no fue eso. Lo peor estaba por llegar, y no fue ninguna sorpresa. Al fin y al cabo, el PP siempre ha especulado políticamente con el terrorismo. Lo ha hecho históricamente con ETA y las víctimas, y lo hizo con la terrible tragedia de los atentados de Atocha del 2004. Las mentiras del 2004 no funcionaron: en la época de las comunicaciones globales y en red según qué mentiras locales tienen poco recorrido. Sea como sea, el premio que recibieron los Mossos fue una campaña de difamación que aún continúa activa. Ahora, como en el 2004, este tipo de campañas de intoxicación informativa solo convencen a los ya convencidos. Pero lo cierto es que el mayor Josep Lluís Trapero, responsable de la policía catalana en aquellos trágicos días, ha recibido como premio estar pendiente de juicio con cargos que toda Europa ve como estrictamente imaginarios. Unos delitos que solo existen en las instrucciones "creativas" de Pablo Llarena o Carmen Lamela.

Estos hechos o el discurso televisado del Rey del 3 de octubre han hecho considerar la posibilidad de organizar actos de protesta contra el Monarca o de homenaje a Joaquim Forn y Trapero. Con buen criterio, ambos han expresado la incomodidad que les genera la idea de ningún homenaje. Hay una regla sagrada, inviolable, en este tipo de conmemoraciones: el recuerdo de las víctimas del terrorismo no se puede contaminar políticamente. Por nadie. Nunca.

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