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Libertad de prensa

Donald Trump.

JONATHAN ERNST (REUTERS)

Trump, el látigo del cuarto poder

Georgina Higueras

La prensa combativa que revela los males que acechan a la población y al sistema es un plato demasiado amargo para el presidente

Lo último que podía esperarse de un presidente de Estados Unidos es que llamase a los medios de comunicación "el enemigo del pueblo". A veces, los discursos de Trump recuerdan a los de Hynkel, el protagonista de la famosa sátira de Chaplin 'El gran dictador', aunque lamentablemente el inquilino de la Casa Blanca no es un personaje de ficción. Su empeño por tumbar uno de los pilares sobre los que se asienta su país, deja atónitos al mundo y a una parte importante de la sociedad norteamericana, que siempre estuvo orgullosa de su libertad de prensa.

Aunque no totalmente exenta de pecado ni de la influencia de los poderes fácticos, el cuarto poder, como desde principios del siglo XX se denominó a la prensa, juega un papel fundamental como contrapeso de los tres que conforman el modelo de sociedad libre y democrática que Washington, con espíritu misionero y en beneficio propio, ha tratado de esparcir por el mundo. Pero a Trump parecen importarle poco los valores democráticos y el resto del planeta. Su único credo es 'make America great again' y desprecia todo y a todos los que no comulguen con él. De ahí, su inquina contra los medios y los periodistas que defienden una información crítica e independiente. Su virulencia supone una agresión a los derechos humanos y un insulto al trabajo honesto de decenas de miles de profesionales.

Mensajes deplorables en terreno abonado

Lo más desolador, sin embargo, es que el gran generador de 'fake news' predica en terreno abonado. Sus votantes, antes que analizar las noticias, prefieren escuchar que los periodistas son "falsos" (porque no se pliegan), que se "inventan historias" (las que no convienen) y que recurren a "fuentes inexistentes" (testigos incómodos). Estos deplorables mensajes han sido el detonante de la protesta generalizada que ahora realizan los medios norteamericanos.

Aquejado de una desigualdad social como nunca se había visto, EEUU, jaleado y alentado por un multimillonario que gobierna el país a su capricho, pierde los restos de una filosofía que alguna vez inspiró al mundo. La política del inquilino de la Casa Blanca está dirigida a enriquecer al núcleo más poderoso y a engañar, a golpe de demagogia, a la mayoría silenciosa.  

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Trump simboliza la huida hacia delante de una sociedad confundida por los avances de la globalización y de la tecnología de la información. Una sociedad que busca soluciones rápidas al deterioro de su nivel de vida y que no cree en promesas a largo plazo que exijan cambios estructurales. En estas circunstancias, una prensa combativa que revela los males que acechan a la población y al sistema es un plato demasiado amargo. La campaña desatada contra los medios y los periodistas es el símbolo más notorio del desvarío trumpiano.

Maltratados los críticos y abandonados los amigos, el magnate metido a presidente se empeña en hacer la guerra por su cuenta dentro y fuera del país, sin tener en cuenta la desestabilización mundial que genera ni las graves consecuencias de su política a nivel interno. Su objetivo es ganar la reelección, para lo que se apoya en el instinto más insolidario de sus ciudadanos y en la demagogia agresiva del Hynkel de Chaplin, que -no hay que olvidar- era una parodia de un nefasto dictador cuyo apellido también empezaba por H. Buena fórmula para destruir EEUU.

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