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ANÁLISIS

17-A: Un aniversario enfangado

Andreu Claret

La politización de los atentados de Barcelona y Cambrils ha imposibilitado que aprendamos de lo ocurrido

Si estuviéramos en París o en Bruselas, en Londres o en Berlín, las revelaciones de un sumario como el del 17-A provocarían un debate riguroso sobre lo que hizo posible los atentados de Barcelona y Cambrils. Así es como se defienden del terror las sociedades más maduras. Así es como deberíamos reaccionar nosotros, teniendo en cuenta el largo historial de la presencia yihadista en Catalunya desde que Mohamed Atta estuvo en Salou antes del 11-S del 2001. Haciendo compatible la solidaridad con las víctimas con el necesario ejercicio de mirarse al espejo. Si aquí no estuviéramos enfangados en un debate político que nos impide ver el bosque de la amenaza terrorista, no nos pasaríamos el día echándonos en cara si la culpa la tienen los Mossos o el CNI. Nos preguntaríamos qué falló en todos los niveles que resultaban relevantes para que el 17-A nunca hubiese ocurrido. Intentaríamos sacar consecuencias del hecho sobresaliente que unos chavales de Ripoll manipulados por un conocido imán salafista pudieran cometer semejante barbaridad. Y que estuvieran en un tris de llevar a cabo una matanza aún mayor de no haber saltado por los aires el chalet de Alcanar.

La politización en clave independentista (y anti) del 17-A ha imposibilitado que aprendamos de lo ocurrido. Ha impedido que valoremos críticamente la intervención de todos los actores implicados, desde el respeto por su actuación antes y durante los atentados.

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Empecemos por la prevención. Una cosa es reconocer la tarea encomiable de los ayuntamientos contra toda forma de radicalización y otra preguntarse qué falló en Ripoll. Al principio, se habló de una actuación sibilina del imán Es Satty para explicar que nadie hubiese detectado su intervención. Ahora sabemos que no escondía sus ideas. Leemos en el sumario que llamó a la yihad desde la mezquita. Algo falló. En el mundo digital actual, las mezquitas no son ni el único ni el más importante instrumento de captación, pero siguen siendo (junto a la cárcel) el lugar del primer encuentro de muchos jóvenes con el mal. ¿Cómo es posible que un hombre con el pasado de Es Satty no levantara sospechas? No es solo una pregunta para los cuerpos de seguridad estatales que le habían tratado ni para los Mossos. Es también una pregunta para los líderes de la comunidad magrebí de Ripoll y para quienes estaban en contacto con los futuros terroristas. Numerosos vecinos subrayaron que eran ‘buenos chicos’. Un comentario ambivalente, que algunos asocian a la figura religiosa de la ‘taqqiya’ islámica, esto es la capacidad de mentir de todo yihadista. Tontería. Mentir es propio de todo terrorista, sea de matriz islámica o de extrema derecha, como Timothy McVeigh Anders Breivik. Leyendo las declaraciones de algunos amigos de estos ‘buenos chicos’, mi conclusión es que fallaron los indicadores de radicalización y que convendría revisarlos.

La lucha contra el terrorismo requiere una coordinación sin fallas entre fuerzas y cuerpos de seguridad

Se dijo también que una de las claves del éxito del imán había sido la rapidez de su actuación. Ahora descubrimos que él y algunos de sus seguidores llevaban un año yendo por el chalet de Alcanar donde acumularon material para una carnicería. ¿Cómo es posible que este trajín no suscitara ninguna sospecha? Se quiso justificar por una actuación hermética de Es Satty. No tanto, si atenemos a la compra de media tonelada de acetona y 340 litros de peróxido de hidrógeno, en diversas localidades de Catalunya. ¿Qué ocurrió con la legislación europea que regula la compra de componentes necesarios para fabricar triperóxido de triacetona (TATP), la ‘madre de Satán’ que el Estado Islámico recomienda en internet? Por no hablar de las 120 bombonas de butano y propano acumuladas.

El derrumbe del califato con el que soñaron miles de yihadistas no supone el fin de los atentados en Europa. Todo lo contrario. De los 5000 ilusos que viajaron a Siria o Irak desde los países de la UE, han vuelto unos 1700. La mayoría se han reintegrado. Algunos han sido detenidos. No sabemos cuántos han vuelto para atentar, con una experiencia en el manejo de tecnologías que les permite imaginar acciones mucho más mortíferas que las del 17-A. La conclusión es que el terrorismo sigue siendo un reto decisivo tanto en el campo de la prevención social como en el de la actuación policial. Y en esto, el 17-A también deja otra enseñanza mayúscula: el precio de la descoordinación. Al terrorismo hay que quitarle oxigeno con una intervención local, en las comunidades. Pero hay que entenderlo como un fenómeno global que requiere una coordinación sin fallas entre fuerzas y cuerpos de seguridad. No la hubo antes de los atentados de agosto.

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