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ATENTADOS DEL 17-A

Muestra de duelo en La Rambla de Barcelona después de los atentados del 17 de agosto.

PERIODICO

El abrazo que no nos dimos

Emma Riverola

“¿Qué necesitaban? Que alguien viniera a abrazarnos, a preguntar cómo estábamos”. La respuesta de una víctima del atentado del 17-A nos interpela. ¿Supimos hacerlo? ¿Supimos estar a la altura de lo que el dolor, la impotencia y la conmoción emocional reclamaban? Hace un año, en el mismo asfalto que muchos hemos pisado centenares de veces, hubo una persona que cometió unos asesinatos insoportables, decenas que sufrieron, algunas hasta morir, y centenares que hicieron lo increíble: luchar hasta la extenuación por la vida de otros, aunque el miedo se respiraba en el aire.

El terrorismo segó y laceró la vida de muchos. Y la política nos robó el duelo y la reflexión serena sobre lo ocurrido. La ansiedad por enaltecer lo propio se adueñó del Gobierno catalán. Con todos sus altavoces dispuestos, se lanzó a entronizar héroes. Una estrategia de comunicación que, en un momento de vulnerabilidad extrema, caló como pocas en el ánimo de muchos. Transmitir que todo se estaba haciendo bien, incluso muy bien, excepcionalmente bien, se convirtió en una cuestión de Estado (del Estado que anhelan).

Muchas cosas se hicieron bien. Muchas personas lo hicieron bien. Especialmente tantos policías y sanitarios que se dejaron la piel en ello. También la sociedad al no dejar que la islamofobia calara en nuestros barrios. Todo acto terrorista tiene un único culpable: las manos que lo perpetran. Pero todo ataque también encierra un fracaso, porque significa que no se pudo impedir y que si hubo señales no se supieron leer. En este caso, desde la propia comunidad musulmana de Ripoll que conocía la conducta fanatizada del imán, hasta todas las fuerzas policiales -todas- que no consiguieron detectar la amenaza. Asomarse a lo que falló no es una traición a nadie, no es una acusación, es un acto de responsabilidad y una posibilidad de mejora. 

La lucha contra el terrorismo es la lucha contra el fanatismo. Y no se puede combatir desde la ceguera propia. Convertirnos en rehenes de las trincheras no nos ayuda a ver. Menos todavía si alimentamos de forma irresponsable teorías 'conspiranoicas' que solo pretenden convertir al adversario político en un monstruo inhumano.

El caprichoso baile del odio, ahora le ha tocado a Felipe VI. Algunos que denuncian tratos de la Casa Real con Arabia Saudí, quizá aún guardan en su armario las camisetas de aquel Barça patrocinado por Qatar. Tal vez junto al altar dedicado a uno de los más prestigiosos embajadores del independentismo, entusiasta defensor de esa monarquía absoluta donde rige la ‘sharia’.

Denunciar la venta de armas a países mediadores de guerras cruentas es una cuestión de justicia. Pero sin trampas discriminatorias e hipócritas. Las víctimas del horror y los que se juegan la vida por combatirlo no se merecen el capricho de una sociedad privilegiada que juega con el odio según sopla el viento de sus intereses.

La tolerancia, el pluralismo y la empatía son las mejores armas contra el fanatismo. El 17-A nos escatimamos un abrazo. Nunca es tarde.

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