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ANIVERSARIO DEL 17-A

Bolardos en el acceso a la Rambla por la zona de plaza de Catalunya.

ALBERT BERTRAN

Una mala leche cósmica

Jordi Puntí

La situación política nos ha dejado una tensión que puede hacer inseparable la indignación y el horror que surgen de aquel 17 de agosto y se alargan más allá

En la plaza de la Catedral, durante la feria de Santa Llúcia. En la Rambla, todo el año, y ante la Boqueria. Alrededor del Camp Nou. En las fiestas de la Mercè, en la cabalgata de Reyes. El ayuntamiento ha instalado pilones, bolardos, bloques de cemento o como se llamen, y hoy ya casi ni los vemos. Nos hemos acostumbrado. Al principio sí nos dábamos cuenta. “Es por el terrorismo”, decíamos, entre la angustia y la tranquilidad, pero luego todo acabó formando parte del paisaje urbano -del espacio público que es de todos, pero que no es nunca neutral.

Hace unos años, cuando viajabas a París o a Londres, descubrías que en las calles no había papeleras. Las habían quitado porque los terroristas les metían bombas. Los autóctonos ya estaban habituados y se sabían de memoria los sitios donde tirar un papel, una botella de plástico. Después pusieron las papeleras transparentes, y de nuevo todo el mundo se acostumbró. He aquí una de las lecciones: poco a poco todos nos hemos hecho a la idea de que tenemos que vivir bajo la amenaza terrorista. Es el signo de los tiempos. Hemos aprendido que el horror puede darse en cualquier momento, claro, pero que no puedes vivir siempre con el alma en vilo. No en tu casa.

Así pues, ¿ha cambiado mucho Barcelona en estos últimos 12 meses? No en el aspecto externo, diría. Aunque algunas cifras dicen que ha bajado, el turismo sigue siendo la preocupación principal de los barceloneses. Y el acceso a la vivienda, una consecuencia directa, no ha hecho más que crecer como problema. Mientras esperamos que se concrete la reforma de la Rambla, Barcelona hace buena esa máxima que dice que los turistas destruyen los lugares que aman, y así su huella ligera y despreocupada va borrando el dramatismo de los espacios del horror, día a día, algo que quizás ya está bien.

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El gran cambio lo encontramos, si acaso, en el alma cotidiana, tocada hoy de una mala leche cósmica. Este último año, también, los barceloneses han ocupado el espacio público más que nunca, en manifestaciones pacíficas. Pero la situación política nos ha dejado una tensión que a ratos, sin perspectiva, bordea la histeria y puede hacer inseparable la indignación y el horror que surgen de los hechos de aquel 17 de agosto y se alargan durante todo el otoño, y más allá. Es como un estado de alerta impuesto. Así, las injusticias políticas, que van desde la manipulación de las leyes en las causas contra el 'procés' -del 'conseller' Forn, del 'major' Trapero- hasta la demagogia de quienes reprueban a la alcaldía de Barcelona por la pelea entre un mantero y un turista, se acaban mezclando en una sopa de desafección y rabia...

Vuelvo a ese día y repaso la lista de las víctimas de los atentados del 17 de agosto. Los 16 muertos y 155 heridos suman 40 nacionalidades diferentes, repartidas entre los nacidos aquí, los turistas y los inmigrantes que viven en Catalunya. Esta diversidad -también en la desgracia- es lo que mejor representa la esencia de esta ciudad: mantenerlos siempre en la memoria, sin aspavientos alocados, es una buena forma de recordar lo que somos.

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