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Cuaderno político

Vacaciones Santillana

Vacaciones Santillana

Núria Iceta

Tras el duro curso político, sería bueno recuperar en verano algunas de las cosas aprendidas y ponerlas en práctica

Oí hace unos días en la radio como recomendaban que, para no romper totalmente con el curso y el ritmo de los aprendizajes escolares, sería bueno recuperar algunas de las cosas aprendidas durante el curso y ponerlas en práctica. Si se había aprendido a sumar, se podía llevar la cuenta de lo que había que pagar por la suma de helados que nos habíamos tomado; si se había aprendido a escribir, se podía hacer la lista de la compra; identificar flora y fauna pasando de las dos dimensiones de los libros en las tres dimensiones de la realidad también podía ser divertido, y así. Pensé que quizá los adultos también nos lo podríamos aplicar.

Descanso sin perder el contacto con la realidad

A mí me gustaba ir a la escuela, así que no entendía el final de curso como la liberación de una carga y cogía con igual ilusión los libros nuevos de septiembre como los cuadernos de verano. Ahora, con las vacaciones (y más tal y como acostumbramos a llegar a ellas, sacando la lengua fuera), tan absurdo me parece pretender hacer todas aquellas cosas que te han quedado pendientes durante el año (gestiones, lecturas, pequeñas reparaciones domésticas, conversaciones delicadas) como abandonarse a un no hacer nada radicalmente contrastado con la locura del día a día. Las rutinas no me resultan una carga tediosa, pero también me gusta que no sean siempre las mismas, claro. Supongo que por eso mantengo el espíritu de mis 'Vacaciones Santillana' en el número conscientemente excesivo de los libros que me llevo en la maleta, de aquellos papeles que quieres leer con calma, o de los números que no admiten demora. Aunque disfruto enormemente del no hacer nada o del ritmo lento que adoptamos por el calor y el relajamiento, me gusta no perder del todo el contacto con la realidad.

Para los políticos y líderes sociales catalanes en prisión no hay verano y, por lo tanto, nuestras vacaciones tampoco pueden ser completas

Ha sido un curso muy duro, y el próximo también lo será. Tuvieron que pasar unas semanas para decirnos cómo nos estaba costando concentrarnos. El curso comenzó pronto, y de la peor forma posible, el 17 de agosto, y desde entonces, en cascada, el 6 de septiembre, el 11 de septiembre, el 20 de septiembre, el 1 de octubre, el 3 de octubre, el 10 de octubre, el 16 de octubre, el 27 de octubre, el 2 de noviembre, el 21 de diciembre... El calendario avanzaba implacable a base de días históricos -esta vez sí- que marcaban las sacudidas de nuestra cotidianidad. Hemos llegado agotados a agosto, mientras seguimos tensando la cuerda política, engrasada tanto de buenas intenciones como de retórica: en un extremo los que querrían recomenzar y en el otro los que creen que no hemos llegado bastante lejos todavía. En medio, un montón de gente desconcertada. Personalmente, el deseo y la necesidad de una solución política.

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Hay gente a la que el verano invita a la diversión y el desenfreno, a mí más bien me invita a la introspección y la nostalgia. He querido releer los artículos que había escrito durante el curso, para ver de qué había hablado, cuál era la nube de palabras posible. Una treintena de artículos que me han obligado a hacer una lectura de lo que me rodea, a intentar interpretarlo y a elaborar un relato escrito. Han surgido temas, lecturas y denuncias diversas, pero, al final, como decía mi abuela, el perro hace guau y el gato hace miau y he podido constatar algunas líneas de pensamiento que van apareciendo de una manera u otra repetidamente. No sé si tiene mucho interés eso, pero en la medida en que se supone que los artículos de opinión deben aportar elementos de reflexión colectiva, me ha gustado reconocerme en tres aspectos del debate social. He repetido mucho la necesidad de escuchar, de hablar, de dialogar, de distinguir entre razón y emoción, de compartimentos estancos, de voces diferentes, de construir puentes, de tejer redes. He denunciado a menudo las desigualdades, las discriminaciones, me ha preocupado la construcción de comunidades, la vida en las ciudades, el feminismo y la libertad de expresión. Y, por encima de todo, creo que he abogado por la honestidad y la veracidad, por tener el valor evangélico de decir 'sí' cuando es sí, y 'no' cuando es no; he escrito sobre el ruido de las redes sociales, la influencia de los medios de comunicación, la política de gestos.

Sin vocación de absoluto, no me parece un mal balance. Y más teniendo en cuenta lo que seguro que nos espera el próximo curso. Ahora podría hacer como recomiendan los maestros y ver en qué medida no desconecto del todo para hacer presente estas asignaturas en el 'modo vacaciones'. Lo que sé seguro es que no puedo dejar atrás es el peso de la cárcel de los políticos y líderes sociales catalanes. Para ellos no hay verano, no hay vacaciones y por lo tanto las nuestras tampoco pueden ser completas.

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