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ANÁLISIS

Una bandera del Estado Islámico ondeando.

Auge y declive del Estado Islámico

Ignacio Álvarez-Ossorio

El imán de Ripoll dejó escrito de su puño y letra que se consideraba un soldado del Estado Islámico (EI), organización que en verano del 2014 proclamó un pseudocalifato yihadista en la zona fronteriza de Irak y Siria. Cuatro años más tarde, poco o nada queda de este experimento totalitario que se impuso por la fuerza de las armas a seis millones de personas. Aunque no haya sido derrotado por completo, el EI atraviesa sus horas más bajas, ya que sus escasos efectivos se han visto obligados a buscar refugio en zonas desérticas ante la ofensiva que ha diezmado sus filas. Mosul y Raqqa, sus dos principales bastiones que gobernaron con mano de hierro y donde impusieron su distorsionada versión de la sharía, han sido liberadas por las fuerzas locales, aunque el precio a pagar haya sido demasiado elevado, ya que han quedado reducidas a escombros por los bombardeos aéreos de la coalición internacional liderada por EEUU.

Si algo ha quedado meridianamente claro en todo este tiempo es que la estrategia de "golpear al enemigo lejano", como el argot yihadista denomina los atentados contra las potencias occidentales, ha reportado muchos más perjuicios que beneficios. Ante la formación de una gran coalición para combatirlo y las crecientes trabas para alcanzar sus dominios, su portavoz Abu Muhammad al-Adnani recomendó a sus acólitos que lanzaran ataques terroristas en los países occidentales señalando: "Si los infieles te han cerrado las puertas a la 'hichra' [emigración], entonces abre la puerta de la yihad en la suya atemorizándolos y aterrorizándolos hasta que cada vecino tema a su otro vecino". Los atentados de París, Bruselas, Londres o Barcelona se inscriben precisamente en esta lógica, aunque los efectos que tuvieron distan mucho de los deseados, ya que en lugar de obligar a los países europeos a replantear sus políticas les convenció de la necesidad de reforzar su campaña para derrotar al EI, convertido en una amenaza global y no solo local.

Lejos ha quedado la época dorada del grupo, cuando se guiaba por la máxima "permanecer y expandirse". Tras cosechar derrota tras derrota, el EI parece apostar ahora por volver a sus orígenes perpetrando atentados masivos contra objetivos civiles en los territorios donde todavía cuenta con presencia, todo ello con la intención de lanzar el mensaje de que sigue conservando intacta su capacidad ofensiva. La principal demostración de fuerza sería volver a "golpear al enemigo lejano" y atentar en territorio europeo, donde todavía cuenta con centenares de seguidores dispuestos a sacrificarse por la causa y convertirse en 'mártires'. La mayor amenaza la representan los yihadistas con experiencia de combate que podrían retornar a sus países de origen una vez constatada la derrota del EI. Un peligro no menor son los denominados terroristas por imitación, que disponen de escasa formación militar, pero la suplen con su voluntad de segar la vida de 'infieles' por cualquier medio a su disposición, tal y como sucediera el 17-A.

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