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PANTALLAS

El que fuera presidente de EEUU, Ronald Reagan, con Doris Day, en 1952, en su etapa de actor de Hollywood. 

AP

La verdad de las cosas

Mikel Lejarza

Ronald Reagan, mediocre actor, fue un presidente carismático y, al margen de que sus políticas conservadoras gustaran o no, marcó una época e influyó en la manera de entender el mundo en gran parte de las generaciones que le siguieron. Y, si no, ahí tienen a Trump. Fue él quien dijo una frase que sigue definiendo en gran medida -y por desgracia- a nuestra sociedad actual: “La política es igual que el ‘show business’”. No exageraba y hablaba desde el conocimiento de ambos sectores. Pueden tener envoltorios diferentes, pero en esencia repiten comportamientos y actitudes similares, porque les une el objetivo de atraer al máximo la atención de los ciudadanos, sea como sea.

Donald Trump no exagera cuando dice que la política es igual que el ‘show business’

Neil Postman, en su libro ‘Divertirse hasta morir’, escribió: “El principal error de la cultura del entretenimiento consiste en producir vastas cantidades de información, sin ofrecer ningún contexto para la comprensión, lo que provoca la inutilidad de dicha información”. En consecuencia, la sociedad camina hacia la estupidez en un universo donde unos pocos grandes comunicadores serán quienes conformen el pensamiento público, el carácter de la gente y el tipo de gobierno que esa gente tendrá. Puede sonar apocalíptico, pero no lo es. Vivimos tiempos en los que se lleva más el estilo directo de conversación acalorada en un bar que el análisis informado de la realidad, lo que concluye en que hay más comentaristas que reporteros, más opinión que periodismo, más palabrería y ‘show’ que investigación.

En resumen, al igual que la política se ha visto afectada por los mecanismos de la industria del entretenimiento, también el periodismo lo está siendo cada vez más. De todas las causas que se achacan a la crisis del periodismo (innovación tecnológica, redes sociales, nuevos hábitos y costumbres), la más rotunda es la propia ausencia de buen periodismo, el hecho de que se valore más a un buen comunicador, a un ‘showman’, a un provocador, que a alguien capaz de contar lo que ocurre y explicarlo. Ya no solo la política, también el periodismo es como el ‘show business’. Todo por el espectáculo.

Hay más comentaristas que reporteros, más opinión que periodismo, más ‘show’ que investigación

Pero los medios de comunicación no solo nos acompañan en la vida, y nos la hacen más divertida y menos solitaria, también nos construyen. Por eso, debemos preguntarnos a qué tipo de cultura colectiva favorecen. Hoy hay demasiadas ocasiones en el que la zafiedad, la intolerancia y la chulería se presentan como si fueran ejercicios de energía, decisión y fortaleza, bajo el envoltorio de estrategias propias de programas de entretenimiento. Vivimos tiempos en que dudar y hacerse preguntas es sinónimo de debilidad, cuando si hay algo cierto es que todo tiene más de un punto de vista, que no vivimos en hojas de una sola cara y que tolerarlo y comprenderlo forma parte esencial del oficio del periodista. Corremos el riesgo de trasformar nuestro modo de vida en un gigantesco circo al servicio del espectáculo. Incluso lo podemos encontrar divertido y placentero, pero será un mundo en el que lo importante se tratará de, como en los debates, causar buena impresión más que establecer argumentos e ideas. Un mundo simple, de apariencias y brillantemente ficcionado, pero menos capaz de captar la verdad de las cosas.

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