Ir a contenido
Quim Torra y Carles Puigdemont, en la rueda de prensa que dieron en Bruselas, el pasado 28 de julio.

REUTERS / ERIC VIDAL

Puigdemont, el escorpión y el río

Antonio Franco

Si el 'expresident' y Torra optan por el cuanto peor mejor propiciarán el regreso a una situación española no posibilista

La bifurcación que tiene por delante Carles Puigdemont es la misma que la de antes del fracaso del juez Pablo Llarena. Uno de los dos caminos le conduce probablemente a un lento y blando segundo término. Es lo que puede ocurrirle si cede progresivamente protagonismo a los responsables oficiales -cada vez más efectivos y reales- de la autonomía catalana. Mientras el secesionismo sea mayoritario en el Parlament le adorarán, pero, aunque Quim Torra y el Govern trabajen para ampliar el apoyo popular a la independencia, brillarán o se deslucirán por su gestión de la vida cotidiana y el bienestar de los ciudadanos.  

Para Puigdemont el problema es que si pierde las riendas, el Govern le guardará tanto respeto a él como a las leyes españolas. Si se impone el realismo nadie buscará ni un nuevo 155 ni más encausamientos judiciales y él tendrá que ir rebajando su línea testimonial para no contradecir descaradamente las estrategias que se diseñen en el interior (de forma especial si ERC conserva o aumenta su fuerza). No se convertirá en un olvidado, pero será como aquel tío de América, apreciado y siempre consultado, demasiado alejado para mandar en el día a día.

Tomar esa senda sería lo más estable para distender Catalunya y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos, aunque lo peor para el ego de Puigdemont. El otro camino, la continuidad del libro de ruta de hasta ahora, pasa por resignarse a vivir en el extranjero y, aupado sobre lo que queda del naufragio de Convèrgencia, luchar para mantener un poder absoluto, decidir y mandar. La existencia de presos y emigrados preventivos es su principal baza y más adelante la perspectiva de juicios y posibles condenas jugará a su favor. Esta segunda vía conlleva la posibilidad de que Torra y el ala separatista del Parlament acaben desobedeciendo, como reclama la CUP, y se reanude el conflicto total. Otra amenaza: sin un desafío total, se les pueden cansar las bases más radicalizadas; con el enfrentamiento, se les distanciarían los soberanistas que creen que la situación es inmadura.

Lo que pase en España tendrá bastante que ver con lo que pase en Catalunya, y al revés. Si se estabilizan un tiempo las cosas en Madrid (con el PP y Ciudadanos alejados del poder) puede iniciarse cierta lenta reconstrucción de una normalidad catalana discrepante (por la mayoría parlamentaria) similar a la de los tiempos de Artur Mas. Pero eso requiere paradójicamente que el soberanismo ayude a mantener alejados de la Moncloa a Albert Rivera y Pablo Casado, zancadilleando si quiere a Pedro Sánchez pero sin hacerle caer.

La coalición anti-Rajoy

Si Puigdemont Torra optan por el cuanto peor mejor propiciarán el regreso a una situación española no posibilista respecto a poder pactar un blindaje de las competencias transferidas, mejorar la financiación e ir concretando las expectativas de un cambio constitucional que mejore en algo el actual autogobierno. Para estos objetivos debe seguir Sánchez y no desintegrarse la coalición anti-Rajoy de amplio espectro con mayoría absoluta en el Congreso. Si el soberanismo catalán la rompe, será quien más perderá. Puede hacer jugarretas puntuales a Sánchez y dar prisas cara a la galería, pero recordando siempre que si el escorpión pica a la tortuga que le ayuda a cruzar el río se hunden los dos, no solo la tortuga.