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INCIVISMO Y TURISMO SIN CONTROL

Turistas en bañador ante las tiendas, frente a un agente.

Había una vez un barrio...

Olga Ruiz

La lucha de la los vecinos de la Barceloneta debería ser una reivindicación transversal con implicación de todos los barceloneses

"Este era uno de los barrios más auténticos de Barcelona". Me he sorprendido a mí misma pronunciado estas palabras, casi  a modo de disculpa, a familiares de visita en la ciudad. Fue hace apenas unas semanas, mientras recorríamos, con más prisa que entusiasmo, el barrio de la Barceloneta.

Hablar en pasado de un barrio es aceptar su mutación. En términos teatrales, la mutación es el cambio de escena que se realiza variando el telón y los bastidores, es decir, los vecinos se han encontrado con un nuevo decorado que ni les pertenece ni reconocen.  En términos vitales, la mutación de un barrio suele ser la antesala de su extinción, o por lo menos, de la forma y fondo en la que lo hemos conocido. La Barceloneta, de entre todos los barrios de Barcelona, siempre ha jugado en otra liga y lo ha hecho por méritos propios: su autenticidad, su carácter marinero, su gastronomía y por una historia y singularidad tejida generación tras generación desde el año 1755, en el que llegaron los primeros habitantes. Son muchas generaciones, mucha Historia y otras tantas historias vividas como para borrarlas de un plumazo. El peligro ya no es que les hayan cambiado el decorado, es que le bajen el telón al barrio, definitivamente.

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En la maravillosa y a la vez terrible novela 'El Cuento de la criada', una distopía escrita por Margaret Atwood en el año 1985, y que ahora hemos descubierto y sufrido en la pequeña pantalla,  hay una pregunta que se repite y atormenta a la protagonista cuando ya nada parece tener remedio: "¿Cómo no nos dimos cuenta?". Los vecinos de la Barceloneta conscientes en todo momento del deterioro sin remedio del barrio, temen que algún día, cuando el barrio deje de ser, cuando no haya nada de lo que presumir, cuando les aplaste el pesado telón, cuando todo eso pase, solo les quede formularnos esa pregunta: ¿Pero cómo no os distéis cuenta?

Y ¿qué les diremos entonces? ¿Que no pensábamos que un turismo que destroza sistemáticamente las calles, el mobiliario urbano era dañino? ¿Que unas calles con olor permanente a orín, con vómitos en sus esquinas no iban a cambiar la imagen del barrio? ¿Que los apartamentos turísticos ilegales, muy por encima de los apenas 72 que tienen licencia, no hacían presagiar una convivencia imposible? Nosotros, como ciudadanos de otros barrios, solo podremos pedirles perdón por no haber estado apoyando su lucha, por no hacerla crecer, por no convertirla en una reivindicación transversal con implicación de todos los barceloneses, vivamos en Sarrià, Horta, Poblenou o en el Eixample. Quizá entonces ya habremos entendido que el próximo barrio puede ser el nuestro.

Pero, ¿Qué responderán a esa pregunta desde el Ayuntamiento? Los vecinos de la Barceloneta se lo dijeron al alcalde Trías en 2014 de la misma forma que se lo dicen a la alcaldesa Colau en el 2018. A los dos corresponde  o ha correspondido corregir una Barceloneta antiutópica, un barrio indeseable en si mismo y que cada vez tiene menos de distopía y más de realidad. ¿Cómo no os distéis cuenta?

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