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IDEAS

Los taxis son abejas

Miqui Otero

Que el verano es la estación de la sorpresa lo entendía cuando veía lejos de casa (en Santo Domingo de la Calzada o Astorga o Mondoñedo) a uno de esos coches amarillos y negros durante nuestro eterno viaje entre Barcelona y Galicia. Siempre pensaba lo mismo: se ha escapado. Y entonces procedía a imaginar de qué huía y qué destino le esperaría aquel agosto.

Esa mirada infantil vería en las concentraciones del taxi de estos días en tantos centros urbanos una especie de remake con taxímetro de Herbie, la película de Disney. El más adulto debería matizar que también tenía algo de 15-M: la naturalización de la toma del espacio público, la reivindicación común más allá de edades y procedencias, la sencillez de eslogan ante las respuestas complicadas para una cuestión bien simple en un contexto complejo.

Solo vale la pena la gente que cuando daña a otro se hace daño a sí misma

Ese mocoso que pensaba que el taxi se había escapado y que no podía concebir que un taxista fuera de vacaciones como él no es tan distinto de los muchos  que estos días no entienden (o no quieren entender) por qué esos profesionales van a la huelga. Hay tantos taxis como taxistas y tantos taxistas como personas. Si son incapaces de hablar a ese conductor del que ven el cogote, quizá la cultura popular les podría ayudar a captar algo tan sencillo. El más famoso hasta hace nada era un sociópata insomne, el héroe accidental de Scorsese, pero hay muchos más. Está el Sandino de la última novela de Carlos Zanón, 'Taxi', ese brillante prodigio de la contradicción punk que hace el taxi aunque no se considera taxista (porque resulta que no somos lo que hacemos; para empezar porque solo pueden elegir de qué trabajar unos cuantos privilegiados). Y en nada se editará en España 'Un polvo en condiciones', de Irvine Welsh, donde un taxista enlazará mil aventuras urbanas.

La huelga mostró meriendas en mesas plegables al lado de estatuas de negreros en Gran Via, mesas como las que nuestros padres desplegaban para merendar en los pinares públicos de Castelldefels otros veranos. Grupos de taxistas pakistanís repartiendo agua y de musulmanes cambiando megáfono por alfombra para el siguiente rezo. Algunos bailaban tecno y retumbaban desde radios y ventanas abiertas 'hits' de heavy, himnos hip hop y coplas veraniegas. Una muestra (rica y lejos del cliché) de lo que somos como ciudad. Y de lo que somos.

Ninguno se sumó a ese pícnic sin sus razones. Cada uno perdió su jornal y muchos comprometieron su mensualidad. Solo vale la pena la gente que cuando daña a otro se hace daño a sí misma. Que, como las abejas en verano y los taxis en huelga, y a diferencia de las avispas y los inventores de 'startups' de economía colaborativa, cuando pican, se dejan la mitad del cuerpo.

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