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Los audiolibros

Leer es arriesgarse. Es atreverse a entrar en la cueva y adentrarse en ella. Escuchar es oír los gemidos de la cueva en un hilo musical que suena en la tienda de suvenirs

No tengo nada contra los audiolibros. Me parece un invento magnífico que, por otra parte, no es ningún invento. Las historias siempre se han explicado y siempre ha habido alguien que las escuchaba. Es así como nació la literatura y, de hecho, como piensan muchos estudiosos, Homero no fue sino la confluencia personificada, o mitificada, de los poetas que narraban las aventuras de Ulises, con un oral ímpetu homérico antes de que el tal Homero irrumpiera en los manuales. Y todo depende, también, de quien lea o recite el libro en cuestión. Por ejemplo: escuchar la Divina Comedia en la voz de Vittorio Gassman, aunque entiendas la mitad de la mitad de los tercetos encadenados, es un placer similar al de oir las arias tristes y impetuosas de la Callas, por citar una. Además, los audiolibros son utilísimos para personas con dificultades visuales, para dormir a los niños y para entretenerse en los ratos de espera mientras Ryanair, por citar una, nos anuncia el retraso o la cancelación del vuelo.

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O para escucharlos mientras corres, mientras cocinas, mientras vas en metro. Es decir: cuando haces otras cosas. Esta es la propaganda con que se anuncia un sector al alza, a diferencia de los 'e-books', que parece que no acaban de funcionar. Resulta que "puedes leer estés donde estés", y que "puedes leer como quieras", con esta "nueva forma de leer", pensada para "recuperar el hábito de la lectura".

Pues, no. Por ahí no paso. Si corres, no puedes estar leyendo, excepto si lees a Murakami. Si cocinas, tampoco, excepto si se trata de un libro de recetas. Si esperas un avión o vas en metro, seguro que sí, pero entonces hablamos de leer, que significa penetrar en el texto de tal manera que lo asimilas, es decir, lo reedificas, completas la escritura y acabas de construir el artefacto que alguien diseñó para que explotara delante de tus narices. Leer es arriesgarse. Es atreverse a entrar en la cueva y adentrarse en ella. Escuchar es oír los gemidos de la cueva en un hilo musical que suena en la tienda de suvenirs.

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