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Israel: uno, grande y judío

Ramón Lobo

La ley sobre el Estado nación judío, recién aprobada, termina con la ficción de que es posible un nacionalismo sionista dentro de un Estado judío y democrático

Lo bueno de la ley sobre el Estado nación judío, recién aprobada por la Knesset por 62 votos a favor y 55 en contra, es que termina con la ficción de que es posible un nacionalismo sionista dentro de un Estado judío y democrático. Es lo que sostiene Gideon Levy, uno de los periodistas judíos más lúcidos de Israel, y también de los más odiados por la ultraderecha que apoya a Binyamin Netanyahu.

Un Estado solo judío, con ciudadanos de primera (judíos) y de segunda (los palestinos con nacionalidad israelí, un 20% de la población), no puede ser democrático porque falla el principio de igualdad. La ley no empeora, de momento, la discriminación diaria que padecen los 1,8 millones de palestino-israelís. Solo lo reconoce, presume de ello.

La derecha ultranacionalista que domina la política de Israel desde el asesinato de Rabin, en noviembre de 1995 a manos de un extremista judío, se ha quitado la careta. Primero dinamitó los Acuerdos de Oslo, que sentaban las bases de una paz con la OLP de Yasir Arafat y abrían la posibilidad de la solución de Dos Estados, confirmada en la Conferencia de Annapolis en 2007. Para este sector, una paz con los palestinos equivale a la renuncia de los territorios bíblicos. Su contrato de propiedad de la tierra se basa en un libro de ficción.

Error de ley

El diputado del Likud Benny Begin dice que la ley es un grave error. Teme un estallido social. Hablamos del hijo de Menájem Begin, impulsor de la expansión colonial en Cisjordania y Jerusalén Este, y dirigente del grupo paramilitar Irgún (Etzel), autor de numerosos atentados y asesinatos en los años previos a la creación del Estado de Israel. Begin padre sería hoy un moderado (o un menos radical).

El Comité Judío Estadounidense se mostró “muy decepcionado” con una ley “que pone en riesgo el compromiso de los padres fundadores de crear un Estado que fuera judío y democrático”. No es la única voz critica en la Diáspora (los judíos del exterior). Existe una desconexión creciente entre un Israel xenófobo y los hijos y nietos de los que padecieron el Holocausto.

Sentimiento de culpa en Europa

La derecha israelí sabe que dispone de un arma eficaz y poderosa, acusar de antisemitismo a todo aquel que critique sus decisiones o apoye a los palestinos. Es real porque hay una culpabilidad colectiva, más en Europa, por no haber impedido el genocidio. Esa derecha israelí también considera antisemita la campaña internacional de Boicot Desinversión y Sanciones (BDS). Les preocupa porque no deja de crecer. Se puede defender el derecho a la existencia de Israel, disfrutar de la cultura judía y estar en contra de las políticas de Netanyahu. Es algo que logran conciliar millones de judíos en todo el mundo.

Avi Dichter, impulsor del texto que ha terminado en ley, habla como un xenófobo. Su ley lo es, consagra la supremacía racial-religiosa. “Estábamos aquí antes que vosotros y seguiremos después de vosotros”, dijo a los diputados palestino-israelís. La segunda parte de la frase es una declaración de intenciones.

El periodista Levy dice que el mayor peligro para el futuro Israel no son los palestinos, ni siquiera Irán, sino Netanyahu y sus sionistas revisionistas (la corriente radical del sionismo). Hasta la aprobación de la ley había dos bandos en esa derecha ultra, los que hablaban sin rodeos y los que trataban de mantener las formas, por el qué dirán internacional. Con Trump en Washington no hay que preocuparse.

Tierras, no personas

El objetivo de los sionistas revisionistas es que Israel incorpore Cisjordania y Jerusalén Este. Cuando hablan de Cisjordania, de todo o del 80%, quieren decir, las tierras, no los 2,5 millones de palestinos. Solo algunos hablan de una expulsión masiva, pero es una idea extendida, y que esta ley auspicia. La variante sería recluirlos en enclaves en el 20% menos productivo. Se lucha por la tierra y por el agua.

Muerta la idea de los dos Estados quedaba otra opción, peligrosa para el sionismo radical: un Estado democrático sobre todo el territorio que incluya las dos comunidades. El problema es demográfico, hay casi tantos palestinos como judíos israelís. Con la nueva ley, Netanyahu se garantiza la 'judiedad' absoluta de Israel. El siguiente paso será aplicar la política de la gota malaya que tanto éxito ha tenido en Jerusalén Este, la presión constante para que los palestinos que allí viven se vayan.

La nueva ley hará más complicado negar que Israel es, o está de camino de ser, un Estado basado en el apartheid. La creación de dos o más categorías de habitantes según su raza nos conduce a la Sudáfrica contra la que peleó Nelson Mandela. Esto es algo que también inquieta a Netanyahu. Tal vez porque desde el 2012 el apartheid se considera un crimen de guerra de persecución universal.

Temas: Israel

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