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ANÁLISIS

El PP prefiere un presidente antiabortista, resuelto a ilegalizar a los independentistas o a suspender la libre circulación en Europa

En las encuestas, los ciudadanos piden consensos y acuerdos pero luego votan otra cosa. Si lo recuerdan, los partidos que abogaban por terceras vías se desplomaron en las últimas catalanas, en las que ganó Ciudadanos y se impuso el bloque independentista. En las encuestas, la gente ve los documentales de La 2 y luego vive una realidad distinta. Ocurre igual entre las bases de los partidos, que aplauden los consensos y corean "unidad, unidad" –pasó ayer en el PP lo mismo que había pasado en Vistalegre, durante la última asamblea de Podemos– aunque, puestas a elegir, optan por las esencias. Las esencias tienen que ver con las expectativas: aquello que, en tiempos de incertidumbre, se espera de cada uno. Cuanta más incertidumbre, más esencias; que no quiere decir más aparato. A menudo, quiere decir lo contrario.

De manera que si los militantes tienen que optar entre Susana Díaz y Pedro Sánchez se inclinan por Sánchez (50% a 40%), que abanderó el 'no es no' a Mariano Rajoy. O se inclinan por Pablo Iglesias (50% a 33%), que discrepaba con Íñigo Errejón por su posición sobre el PSOE. La militancia del PP escogió a Sáenz de Santamaría por un margen muy estrecho y, al final, los cuadros medios decantaron el liderazgo con una mayoría lo bastante amplia (57% a 42%) como para impedir cualquier debate sobre el nuevo líder. Ahora, el PP ha decidido el partido que quiere ser y ha ido a buscar en sus esencias. Y sí, a pesar de la extraña sorpresa que ha provocado en algunos, la esencia del PP es la derecha.

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Santamaría lo intentó con la metáfora del abanico, que se abría de la izquierda a la derecha, pero el PP prefería un presidente antiabortista, resuelto a ilegalizar a los independentistas o a suspender la libre circulación en Europa. El PP prefería la toma de Perejil. "Hemos entregado el partido a Esperanza Aguirre", se fue diciendo un compromisario afín a Santamaría, sin admitir que la exvicepresidenta se rindió desde que empezó su discurso, hecho de aires funcionariales. Si los discursos iban a ser determinantes, si es verdad que aún quedaban indecisos –en el equipo de Santamaría no creen que fuera así, sino que tenían la partida perdida de antemano–, la épica pudo con la burocracia. La gente suele querer ilusión, no un cuadro de Excel. También en el PP, por mucho que se diga el partido de la gestión y el orden. 

Con todo, lo trascendente de este congreso será cómo mueva el tablero político, porque Albert Rivera tiene el dilema de regresar al centro o competir por la derecha, que es a lo que se había dedicado en las últimas semanas. Desde que manda el PSOE y Ciudadanos dejó de gobernar las encuestas, Rivera ha pugnado con Casado con la mano dura en Catalunya, que es por donde parece que se decida la hegemonía del centroderecha español. A Pedro Sánchez puede irle hasta bien, que en el PSOE aún recuerdan que contra Aznar vivían mejor. Casado, al cabo, saca las esencias propias y de los demás, aunque sea por contraste. De hecho, cuando acabó el congreso y se apagaron las luces, quedó en el aire la pregunta de verdad: ¿será ahora más de derechas el PP o España?

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