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LA BRECHA SALARIAL

Sueldos y género: ¿y si rompemos las reglas del juego?

Maria Olivella Quintana

Los hombres tienden a obtener mejores resultados que las mujeres durante las negociaciones salariales individualizadas

Hace unos cuantos días una amiga de Barcelona me explicaba entristecida que ha descubierto, por casualidad, que sus compañeros de trabajo hombres cobran más que ella. Tienen el mismo currículum, trabajan en un trabajo de alta calificación, están contratados para el mismo proyecto y son buenos amigos. Durante una larga temporada han estado trabajando conjuntamente en el mismo proyecto y con la misma intensidad, y pese a que ellos conocían esta diferencia salarial, no lo han avisado ni han luchado por su caso. Y quizás os preguntaréis: ¿cómo puede ser que esto pase todavía en España?

Pues pasa, y mucho, y las estadísticas lo demuestran: según datos del Eurostat de marzo del 2018 la brecha salarial media en la Unión Europea en el 2016 era del 16%. Es decir, las mujeres cobramos 840 euros por cada 1.000 euros que cobran los hombres. Aunque los datos más altos de discriminación los encontramos en Estonia (25,3%) y la República Checa (21,8%), los siguientes países con mayor brecha son aquellos con un nivel de riqueza y «desarrollo» más alto, como Alemania (21,5%), Reino Unido (21,0%) y Austria (20,1%). España se encuentra en una posición equidistante con un 14,2%. Si bien la discriminación salarial está causada por factores tales como la precarización de los trabajos feminizados, hay una discriminación salarial vertical muy vinculada a la negociación individualizada de salarios.

Pero volvamos al caso de mi amiga, un caso de manual: a ella no se le había pasado por la cabeza negociar el salario estipulado en la oferta de trabajo. Le dieron el trabajo y ella aceptó el salario. La investigadora de Harvard Hannah Riley Bowles publicó ya en el 2007 un estudio pionero que demostraba que mientras cuatro de cada ocho hombres había pedido una negociación salarial individualizada durante la fase de contratación, solo una de cada ocho mujeres lo había hecho. A los chicos de nuestra historia sí se les ocurrió negociar durante esa etapa y lo hicieron sin explicarlo al resto de chicas del equipo, con resultados positivos para ellos, pues su salario se incrementó. Este tipo de situaciones también se han explicado en otros estudios, como el de Benjamin Artz de la Universidad de Wisconsin, del año 2016, que explica que los hombres tienden a obtener mejores resultados que las mujeres durante las negociaciones salariales individualizadas.

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Un caso como este evidencia que hay una clara vinculación entre el comportamiento negociador individual y los roles de género (y aquí me estoy dejando otros factores como la clase, la situación administrativa, etc.). En la 'performance' cotidiana de la masculinidad, se espera de un hombre que tenga la capacidad de negociar en términos individuales su salario, sin tener en cuenta a sus compañeros y compañeras y los costes emocionales y familiares que esta negociación comporta (perder el trabajo, por ejemplo). Por el contrario, que una mujer negocie sus condiciones salariales es visto como una rara avis. El estudio de Riley Bowles demuestra que las mujeres o bien no osamos adoptar ese rol masculino, o bien si lo hacemos somos percibidas como traidoras a la feminidad, y por lo tanto poco fiables cara a las empresas. Por lo tanto, hay que poner en cuestionamiento la negociación salarial individual y los sistemas de pago variable de las empresas como práctica laboral.

Más allá de los roles de género, la historia de mi amiga me lleva a reflexionar sobre las complicidades masculinas. Sí, las mismas complicidades que les ríen las gracias a los chistes sexistas, que aceptan comportamientos machistas cotidianos y que silencian agresiones son las mismas que llevan a algunos hombres a pensar que se merecen un salario más alto que sus compañeras mujeres. ¿Nos atrevemos a poner nuestros salarios sobre la mesa y rompemos las reglas del juego?

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