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La era digital

Menos conexión y más conversación en nuestras relaciones personales

Estrella Montolío

Recuperar la conversación cara a cara es esencial para experimentar la educación emocional significativa que nunca nos proporcionarán las tecnologías de la hiperconexión

¿Sabe cuántas veces desbloqueamos el teléfono móvil al día? Según los datos de los fabricantes, una media de 80 ocasiones; una vez cada 12 minutos. ¿Le sorprende la cifra?

En las encuestas, los usuarios reconocemos usarlo no solo cuando lo necesitamos, sino también cuando nos aburrimos o sentimos “un impulso irreprimible”. De hecho, los neurocientíficos ya han identificado el chute químico que se dispara en los centros cerebrales del placer cuando activamos nuestro móvil. Un chute que, por cierto, está previsto por los diseñadores de las aplicaciones.

La experta en Comunicación Digital, Sherry Turkle, sugiere que la “cultura 'smartphone'” es altamente adictiva porque nos concede al instante los tres deseos del cuento infantil ideal: (1) siempre habrá alguien que nos haga caso, (2) siempre tendremos algo divertido que hacer para no aburrirnos y (3) nunca estaremos solos. Desde el punto de vista de las relaciones personales, añade Turkle, los móviles nos ofrecen “la ilusión de la compañía sin las exigencias de la amistad y la ilusión de la amistad sin las exigencias de la intimidad”.

Situaciones comunicativas complicadas

La generación milenial suele romper sus relaciones sentimentales líquidas mediante un mensaje de texto. ¿Por qué prefieren escribir un wasap a enfrentarse a una conversación humanamente difícil cara a cara? La respuesta de los expertos es que el 'smartphone' crea la ilusión de que controlamos mejor las situaciones comunicativas complicadas, porque nos protege mediante una aplicación-escudo que usamos para ganar tiempo y construir convenientemente nuestra respuesta en situaciones exigentes, sin la mirada ni la presencia física de nuestro interlocutor.

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Este control comunicativo virtual nos permite 'editar' nuestra imagen personal revisando nuestras palabras antes de enviarlas, siguiendo exactamente el mismo patrón que cuando nos ponemos guapos para salir bien en las fotos de Instagram y parecer más felices de lo que somos en realidad. Las aplicaciones de móvil hacen posible que nos presentemos ante los demás con un yo editado, controlado, diseñado para seducir seguidores que hagan clic en “Me gusta”.

El control comunicativo
virtual nos permite 'editar' nuestra imagen personal

Después de la irrupción masiva de las tecnologías inteligentes de conexión y la eclosión de las redes sociales, las relaciones personales en la era de Facebook y Tinder han experimentado el mismo vértigo de cambio que las relaciones laborales. Según las estadísticas, el 60% de los jóvenes entre los 25 y los 35 años usa aplicaciones móviles de citas. El estado mental que propicia este nuevo escenario hiperconectado es que disponemos de libre acceso a una suerte de supermercado digital con lineales repletos de humanos en exposición entre los que elegir. Se experimenta la satisfacción de acceder a un número potencialmente infinito de relaciones personales virtuales que en muchos casos se prefieren a las reales, porque resulta muy tentador no conformarse con ninguna de las opciones disponibles en el presente, cuando en el futuro son infinitas. Nunca algo tan complicado había sido tan sencillo.

El problema empieza cuando hay que conversar cara a cara con la persona a la que nos ha unido un algoritmo de coincidencia. Cualquier observador atento puede ver hoy día en bares y restaurantes a parejas imposibles, con un lenguaje no verbal que evidencia que algo no funciona en su cita concertada a través de una aplicación.

Flujo constante de conexión

Nuestras vidas reales personales discurren lentamente, porque se desarrollan en un tiempo lleno de rutinas, con muchos momentos vacíos, irrelevantes. Frente al tedio de la cotidianidad, nuestro 'smartphone' nos garantiza un acelerado y constante flujo de conexión, información e impactos de entretenimiento sin fin. Quizá sintamos que a veces nos falla la vida, pero nuestro móvil, nunca.

Frente a la velocidad y facilidad de las pantallas, la conversación cara a cara nos parece lenta y difícil porque exige compromiso, por el ejercicio que supone de empatía, de indagación en uno mismo, de interés genuino en el otro, de observación atenta de los indicios que revelan el estado emocional de los demás. La cuestión es que precisamente de esta lentitud y dificultad surge la educación emocional significativamente humana que nunca podrá proporcionar una aplicación móvil.

¿No le parece que necesitamos menos conexión y más conversaciones cara a cara en nuestras relaciones personales?

Temas: Móviles

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