Ir a contenido

IDEAS

Turistas en el Valle de los Caídos. 

JOSE LUIS ROCA

¡Qué negro era mi valle!

Miqui Otero

Un proyecto para el Valle de los Caídos inspirado en el proyecto más misterioso de la historia del cine

Y entonces el protagonista dice: "Los hombres como mi padre no mueren. Siguen dentro de mí, tan reales en mi memoria como lo fueron en vida, cariñosos y amados para siempre. ¡Qué verde era mi valle!".

En la película de John Ford el tipo se refiere a su padre biológico. En otros valles hemos visto esta semana a otros que parecen pensar esa misma frase de Franco como padre espiritual. La nostalgia del primero parece comprensible, la de los que se manifestaron en el Valle de los Caídos no es ni nostalgia. Aunque algunos insistan en llamarlos así: nostálgicos.

La nostalgia la catalogó el médico suizo Johannes Hofer en 1688. En ella explicaba esa enfermedad que sentían algunos soldados de guerras europeas lejos de su hogar. Se curaba al volver. Lo malo es que la nostalgia pasó de ser espacial a temporal y aún no existen los Delorean para viajar en el tiempo.

Uno puede tener nostalgia por el Tang de Naranja, el pan preñado de onza de chocolate o la serie de Dartacán. Podría beber, comer y ver en Youtube lo mismo hoy. Pero lo que echa en falta no es nada de eso, sino su infancia. Puede tener nostalgia de la mano loca, pero no de la mano en alto del saludo olímpico. Esta última no es nostalgia y, si lo es, representa el deseo de reverdecer el fascismo. No es una evocación costumbrista, sino épica, y su manifestación no es solo anecdótica. No se regodea mansamente en el pasado, sino que querría replicarlo agresivamente en el futuro. El ataque a Jordi Borràs tampoco es anecdótico, sino sintomático. Como no son anecdóticas las abstenciones y negaciones en mociones de repulsa al caudillo de algunos partidos. Cuando se refieren a reabrir heridas, imagino que se refieren a ataques como el del fotoperiodista.

Esta semana se estrenaba al fin el tráiler de Dau, uno de los proyectos más alucinantes de la historia del cine. Illya khrzhanovsky lleva una década rodando una película ambientada en la Unión Soviética de los 50. Su cerca de centenar de protagonistas ha pasado años viviendo en un enorme set en Ucrania, vistiendo ropa (hasta interior) de la época y sin contacto con nuestro mundo. De este modo, y gracias a cámaras escondidas incluso en lámparas, se ha captado en 700 horas de rodaje cómo era verdaderamente la vida allí.

Propongo que con los manifestantes del Valle de los Caídos se haga lo mismo. Se coloquen cámaras y se les deje allí recreando eternamente la vida en su valle negrísimo. Cobraríamos entrada y los turistas no podrían alimentarlos. Quizás así podríamos entender algo. Algo que nos sirviera para dejar de ver a fascistas en las calles. Quizás solo así se cansaran de levantar el brazo y que no vinieran taxis del futuro a rescatarlos.