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Dos miradas

Mirar

GIAN MARCO BRESADOLA

Lo que deseamos y pensamos tener, y poseemos cuando miramos, de golpe se desvanece, como todo, justamente cuando miramos

No hay un sueño más codiciado por un novelista que vivir toda la eternidad en una habitación insonorizada, con todos los utensilios a punto y con todo el tiempo del mundo para escribir. O quizá no hay una pesadilla peor. Es lo que le pasa a Eurídice, la compañera de Orfeo, que prefiere permanecer en las profundidades oscuras del Hades antes de volver a la vida, sometida al cantante que está convencido de manejar a la chica a su antojo casi como un imperativo moral que esconde un egoísmo indecible. Esto ocurre en el montaje que Katie Mitchell presentó la semana pasada en el Grec, a partir de la versión en que Elfriede Jelinek revisita el mito clásico: Orfeo quiere rescatar a Eurídice de la muerte y la recupera gracias a sus cantos, pero sabe que no la podrá mirar mientras recorra los subterráneos del más allá; si lo hace, Eurídice se convierte en sombra y vuelve a los infiernos.

Aquí, sin embargo, habla ella, que decide ser sombra antes que un cuerpo sometido. Lo hace, como diría Vinyoli, yendo "por el sendero de las palabras hacia la casa del silencio". Allí donde nadie te quiere y tú no quieres a nadie, consciente de la propia entereza, de la determinación insobornable. Carner tiene un poema que describe este combate de miradas. Dice una nube: "Soy de quien me vea. Mírame, y no me verás nunca más". Lo que deseamos y pensamos tener, y poseemos cuando miramos, de golpe se desvanece, como todo, justamente cuando miramos. De la inmediatez de la mirada a la evanescencia del recuerdo.

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