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Dos miradas

La fórmula de la felicidad es una utopía fenomenal. Pero hay instantes, muy concretos y efímeros, en los que experimentamos algo que se le puede acercar, como en el recitado con pausa y ritmo de un poema de Carner

Podemos convenir que describir la felicidad es una empresa imposible y que, en caso de que existiera la fórmula, aplicarla es una utopía fenomenal. Pero hay instantes, muy concretos y efímeros, en los que experimentamos algo que se puede acercar o que, al menos, nos proporciona la ilusión de haberlo hecho. Viví uno hace unos días.

En la Universitat de Girona se daba un curso de verano sobre el legado de dos hermanos poetas y sabios, Gabriel Ferrater y Joan Ferraté. En una de las lecciones, la profesora Dolors Oller ejemplificaba una de las capacidades de la poesía, la de crear un imaginario real y al mismo tiempo evocador, un artefacto de sentido, a partir de las combinaciones del lenguaje y de la experiencia vivida. Habló de un poema de Josep Carner, 'Plou', que describe la lluvia que cae sobre toda Francia, una lluvia personificada que «ve» como un «mano se mueve limpiando un cristal de ventana». De repente, con una voz apacible y serena, de memoria, con pausa y sentido del ritmo, con emoción y discreción, recitó el soneto.

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Se lo hice saber a un amigo, también poeta, y le escribí: temblor. Y él me contestó: «Quizá es que la felicidad es esto: memoria, pausa y sentido». En el curso hubo erudición y análisis, anécdotas y categorías y, sobre todo, la verdad que proporciona la literatura. Comprobar, con lágrimas en los ojos, como «la presencia fortuita del instante» se convierte en duradera conciencia moral.

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