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El extraño caso Dicker

Ramón de España

Aunque mi himno de cabecera es la vieja canción de los Kinks I'm not like everybody else, a veces me entran ganas de formar parte de esa Common people a la que cantaba Jarvis Cocker con melodramático fatalismo. Como a mi edad ya es imposible aficionarme al fútbol o hacerme boletaire, lo que hago es comprar un best seller, el libro que en esos momentos esté leyendo todo el mundo.

Hay algo de magia (negra, probablemente) en la no-trama de 'La desaparición de Stephanie Mailer, los-no personajes y el no-estilo del señor Joel Dicker. Algo tan diabólico como eficaz

Hay ocasiones en que la cosa me sale bien y me siento muy orgulloso de mis conciudadanos -disfruté mucho de La chica del tren o de La mujer en la ventana-, pero lo normal es que me encuentre con textos que me expulsan literalmente del libro en cuestión: no pasé de la página veinte de El código Da Vinci y me mantuve firme a la hora de no leer nada de Stieg Larson, aunque se confirmaron mis peores presagios cuando vi una adaptación cinematográfica y experimenté una grima inmediata hacia los protagonistas, el periodista audaz y la hacker antisistema, sendos tópicos con patas (y piercings).

Mi último intento de ser como todo el mundo ha consistido en una experiencia que solo puedo calificar de paranormal. Viendo que encabezaba la lista de ventas de este diario, tanto en castellano como en catalán, invertí veintidós de mis mejores euros en la nueva novela del suizo Joël Dicker, de quien hasta ahora me había mantenido a una prudente distancia. Se titula La desaparición de Stephanie Mailer y, sin haber logrado aún entenderlo (o, mejor dicho, entenderme) me la he tragado enterita en una semana. Como me dijo hace tiempo un amigo sobre Stieg Larson, "te lo lees, aunque no quieras". Ahora entiendo el alcance de esa amenaza, pues no comprendo cómo he logrado llegar al final de semejante birria.

La desaparición de Stephanie Mailer es como una mezcla de Agatha Christie y Enid Blyton, pero con 400 páginas más, trufadas de subtramas que no llevan a ninguna parte y personajes secundarios que solo sirven para embrollar puerilmente el relato. Los protagonistas son de cartón piedra y el estilo, inexistente. Cuando por fin descubres quién es el asesino, hace rato que tal cosa te importa un rábano. Pero no has sido capaz de arrojar el libro por el balcón, que es lo que se merece. Lo cual me lleva a pensar que hay algo de magia (negra, probablemente) en la no-trama, los no-personajes y el no-estilo del señor Dicker. Algo tan diabólico como eficaz. Quedan advertidos.

Temas: Joel Dicker

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