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ANÁLISIS

Memoria sentimental culé ante la final del Mundial

Antonio Bigatà

Después de llorar por el mal final del culebrón argentino protagonizado por Messi, que ha salido de Rusia más infeliz y devaluado que cuando fue, el alma culé vive con sensaciones desmadejadas la espera de esta final del Mundial. Sólo quería el éxito de Leo y no se logró. Lo demás importa bastante menos y el partido del domingo le es un tanto ajeno pese a que todos los enamorados del fútbol -y la afición barcelonista está ahí- han disfrutado mucho con la calidad e incertidumbre de este campeonato.

Para empezar, el equipo de Francia trae varios sabores amargos a los culés. La previsible ausencia inicial de Dembélé en la final de mañana es una sombra que se proyecta sobre su futuro en el club, porque en Rusia ha jugado poco y en gris.  Si sale un rato –por lesión de un compañero, por una necesidad de estrategia revulsiva de Deschamps- todavía podría dar un alegrón, pero hay pocas esperanzas de que se produzca.

Umtiti celebrando el gol que marcó a Bélgica y condujo a Francia a la final de Rusia / THANASSIS STAVRAKIS (AP) 

Umtiti, que sí que se alineará, les alegra el alma porque ha hecho un gran Mundial pero es un defensa que gusta aunque sin excitar de forma sobrenatural al barcelonismo.

Gol de Varane en propia puerta

Puestas las cosas así, las posibilidades de gozo casi se limitan a que Varane marque un gol decisivo en propia puerta; o a que Mbappé vengue con brillantez la herida que abrió Neymar rebajándolo en el PSG a ser un número dos, grande pero número dos, en una situación similar a la que tanto odiaba en Barcelona detrás de Messi; o a que Griezmann esté mal o simplemente bien a secas de modo que no haga pensar que el error de la directiva al no saber culminar su fichaje pese a que en un momento determinado él quería ir al Barça es más catastrófico de lo que ya se supone (ni supieron mimarle ni hicieron crecer aquella inequívoca preferencia suya).

Recelo barcelonista por Modric

Por el otro lado, el de Croacia, ha llegado una enésima confirmación de que Rakitic es un valor seguro que merece lo mucho que se le ama en el Camp Nou. Pero el culé siente mucho recelo por Modric, que podría coronarse en Moscú como el Mejor jugador del Mundial y seguro que harían mal uso de eso los enemigos madridistas del Barça.

Esta final además muy probablemente acabará dando el Balón de Oro de este año. Mbappé, Griezmann y Modric lo saben e intentarán conseguirlo con una actuación estelar confirmatoria de lo mucho que han brillado en las eliminatorias. Hazard en cambio se lo ha perdido por la derrota belga en el partido con Francia y pese a que él ha estado a la altura del que más.

Este próximo Balón de Oro será interesante y valioso porque inicia una etapa en que ya no lo acapararán ni Messi (gravemente herido por la falta de cooperación de sus compañeros argentinos y los errores de Sampaioli) ni Cristiano (que a partir de ahora envejecerá en Italia con la Mafia escuchando sus aullidos tras los goles (el culerismo ilustrado espera que serán cada vez menos), y los capos asistiendo a sus espectáculos exhibicionistas carnales desde palcos parecidos al del Bernabeu mientras echen cuentas sobre sus ingresos económicos (los propios y los de CR7). Para el barcelonismo Cristiano 'c'est fini', como Capri, y únicamente resucitará si un sorteo europeo empareja a la Juve con el Barça en vez de hacerlo con el Madrid de Lopetegui.

Cara de Segunda División

A los seguidores de la selección española se les ha puesto cara de que su equipo ha bajado a Segunda División. Este verano quedará en su memoria como el del gatillazo, cuando hubo un Mundial que nunca llegó a ser suyo ya que se lo jugaban por la tele los demás países. ¿Qué piensa el alma culé, con perspectiva, de lo que le ha pasado a España?

Pues muy posiblemente que la España que pitaba a Piqué aunque se partiese el alma por ella, la España a la que le sabía mal que Iniesta jugase en el Barça, la España a la que le sabían un poco amargos los éxitos de la selección porque jugaba 'made in Camp Nou' y con superioridad numérica de chicos formados en La Masía, merecía la purga que ha tenido que tragar.

Hierro, Silva y Piqué, en un entrenamiento ruso / FRANCISCO LEONG (AFP)

Pero después del café con sal llega el turno de las dos tazas: la elección de Luis Enrique como seleccionador puede comportar tres cosas distintas, o suicidios colectivos si triunfa, o que le maten muy pronto antes de que demuestre lo que vale, o que empiece un culto vudú ensalzando a Hierro por haber intentado salvar las esencias madridistas hasta el final dejando en el banquillo a Iniesta, o no alineando a Odriozola (pese a que no estaban bien ni Nacho ni Carvajal) para que, según la sospecha catalana no confirmada, no subiera de precio en el momento en que Florentino se disponía a ficharle a petición de Lopetegui.

Hay que sonarse porque el mundo es un pañuelo.

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