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La clave

El magistrado Pablo Llarena, en una imagen de archivo, durante un acto en Salamanca.

JMGARCIA (EFE)

¿Un llanero solitario?

Albert Sáez

La prensa editada en Madrid y en Barcelona -de papel o digital- ha leído de manera contrapuesta la resolución de la justicia alemana sobre la extradición de Carles Puigdemont. Necesitaremos unos días para saber si esa lectura corresponde a dos opiniones públicas diferentes o diferenciadas. En el epicentro del debate está la figura del juez Pablo Llarena, convertido en esta causa en una estrella mediática que habla -demasiado al parecer de algunos juristas- a través de sus autos. Quienes le conocieron cuando estuvo destinado en Barcelona defienden a capa y espada su profesionalidad, incluso algunos que lucen el lazo amarillo. Otros consideran que la mayoría de sus actuaciones las realiza al dictado del presidente de la Sala Penal que resuelve los recursos contra sus decisiones, el magistrado Manuel Marchena, canario educado en el Sáhara y miembro destacado de la fiscalía en tiempos de Jesús Cardenal, nombrado por AznarMarchena estuvo en el tribunal que condenó a Baltasar Garzón y ascendió en una disputada votación en la que recibió el apoyo de la vocal del CGPJ aupada por la antigua CiU, ahora PDECat. En este contexto, cabe recordar que a la actual ministra de Justicia, de quien depende la fiscalía general del Estado, se la considera afín a Garzón

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En este escenario judicial se desarrolla una trama de alto voltaje jurídico que desconcierta a las respectivas opiniones públicas. El Gobierno de Junts per Catalunya prometió una independencia indolora que resultó ser insípida porque solo pudo avanzar por el atajo de la desobediencia con insuficiente apoyo social y escaso eco internacional. El Gobierno del PP ofreció un plato de venganza fría en forma de inhabilitación exprés de los líderes del 1-O. Una ruta transitable solo desde el atajo de la acusación de rebelión. El atolladero cada día que pasa es más asfixiante. La distensión entre Sánchez y Torra cuesta de escalar. Alemania ha puesto una pista de aterrizaje que a nadie le gusta en exceso: renunciar a la rebelión para todos los encausados, traer a Puigdemont por malversación, dejarlos a todos en libertad provisional hasta el juicio y ganar tiempo para la política. ¿Dejará solo Marchena a Llarena con lo andado hasta aquí? Esa es la clave. 

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