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Dos miradas

La Diada de este año será diferente, pero se mantendrá la obsesión de los organizadores por el vestuario y la simbología

En estos últimos años hemos hecho de todo. Hemos paseado por el paseo de Gràcia y por la Meridiana, hemos desplegado un puntero que señalaba un hito, hemos desplegado una especie de huevo frito que ya no recuerdo que señalaba, nos hemos juntado todos desde la raya de Francia hasta Alcanar, en una larguísima cadena humana, nos hemos convertido en una bandera (también humana) y nos hemos puesto camisetas de color amarillo y de no sé cuántos colores más, holgadas o ceñidas. Los últimos 11 de Setembre, más o menos intensos, más o menos reivindicativos, siempre han tenido -no nos engañemos- un cierto aire de 'kermesse', a medio camino de la celebración laica y de la fiesta popular. Los restaurantes y los bares de las zonas donde se congregaba la multitud se congratulaban, porque una cosa es manifestarse y otra es comer o tomar una cerveza después de la lucha.

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Este año, las circunstancias que todos sabemos (y la sacudida del 1 de octubre y el 155 y los presos políticos) provocarán un 11 diferente. ¿Cómo? No sé, pero será diferente. Lo que se mantiene igual, sin embargo, es la obsesión de los organizadores por el vestuario y la simbología. La camiseta oficial, de tonos rosas con acento rojizo, será del color de las bridas que cerraban las urnas del referéndum, un homenaje "a la transparencia", con un dibujo del Pedraforca en el pecho, un homenaje "al esfuerzo colectivo para alcanzar la cima y plantar la bandera de la república".

Y mira que era difícil superarse.

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