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El entuerto no se va a enderezar por un mero cambio de personas al frente del ministerio correspondiente

El problema no es el nombre del navegante, ahora Dominic Raab en lugar de David Davis, o el instrumento. Aunque contase con el negociador más diestro y con el GPS más avanzado, en lugar de con la tradicional brújula, el Gobierno británico seguiría igualmente desnortado en su plan para hacer efectiva la desastrosa decisión adoptada hace ya dos años. El entuerto no se va a enderezar por un mero cambio de personas al frente del ministerio correspondiente porque, en el fondo, tanto Theresa May como el resto de su gabinete saben que la irresponsable decisión de su antecesor supondrá un coste insoportable tanto para la economía nacional como para el papel de Gran Bretaña en el escenario internacional. La imposibilidad de imponer a Bruselas sus demandas, el intento de no defraudar al 51,9% de los votantes que apostaron por la salida y los serios problemas internos (no solo con escoceses e irlandeses) para definir una posición firme han acabado por llevar a Londres a adoptar una estrategia de control de daños que no convence a nadie. Lo que May logró el pasado viernes, aparentando un acuerdo tory que apenas ha durado dos días, es algo muy alejado del rimbombante discurso manejado durante la campaña para el Brexit por los euroescépticos, resumido en la idea de volver a ser soberanos y dueños de su destino; algo que en plena globalización solo demuestra hasta qué punto la nostalgia imperial puede cegar incluso a los pragmáticos británicos.

Y ahora, una bofetada tras otra al insensato orgullo imperial británico, queda ya claramente definido un panorama en el que Londres nunca ha tenido la voz cantante. El problema no es cómo resolver técnicamente temas tan complejos como el movimiento de personas, mercancías y capitales con alguien que no acepta su papel de potencia media en un marco comunitario y prefiere ser cabeza de ratón a ser cola de león. El verdadero problema es cómo ocultar a su propia ciudadanía- la misma que fue manipulada por los euroescépticos- que fuera del paraguas comunitario la lluvia es tan intensa que puede llevarse por delante buena parte del bienestar y la seguridad de la que hasta ahora han disfrutado los británicos. Y todo esto mientras solo quedan cuatro meses para llegar a un acuerdo que pueda ser tramitado en tiempo por los canales comunitarios para que el próximo 29 de marzo se materialice una salida pacífica del club.

Llegados a este punto ha perdido sentido ya hablar de 'brexit' duro o 'brexit' blando. En realidad, los gobernantes británicos han demostrado que no hay ningún plan viable a la vista. En consecuencia, adquiere mayor peso la perspectiva de una salida abrupta, sin acuerdo, lo que supondría todavía mayores costes para quien se quede desconectado de la dinámica europea. Visto así, y al margen de la suerte personal de una May debilitada hasta el extremo, ¿habrá ya alguien en la isla diseñando no un nuevo referéndum, escasamente factible en el poco tiempo que resta, sino un nuevo proceso de reingreso para dentro de una década?

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