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Dos miradas

Varios militares se adentran en la cueva para el rescate de los niños de Tailandia.

En la cueva

Emma Riverola

El rescate de los niños en la cueva de Tailandia es de esas noticias que generan una oleada de simpatía más allá de las fronteras, porque es imposible no sentirse implicado en las emociones que genera

Estamos siguiendo la evolución del rescate de los niños atrapados en la cueva de Tailandia como solo se puede vivir estas noticias, con el corazón encogido. Pensando en la salud de los pequeños, en la ansiedad de los padres, en el milagro de que hayan sido localizados en las entrañas de la tierra y en la esperanza de que, en esta operación extraordinaria, sea posible salvarlos a todos. Es de esas noticias que generan una oleada de simpatía más allá de las fronteras, porque es imposible no sentirse implicado en las emociones que genera. 

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Aun así, algunos advierten sobre la contradicción entre la movilización que ha provocado este rescate y la indiferencia con la que, diariamente, se aceptan otras tragedias. Sin ir más lejos, ese mar Mediterráneo convertido en cementerio de tantos inmigrantes. Y es cierto. La denuncia tiene toda la razón, pero no podemos descartar el poder de la emoción. Si asistiéramos en vivo a un naufragio de refugiados se reproducirían los mismos mecanismos emocionales. Porque esas historias de dolor, incertidumbre, pérdida o victoria, son inherentes a la humanidad. Con ellas crecemos y nos educamos en la admiración, la solidaridad, el temor y el valor. Cuando falla la emoción, falla todo. Porque entonces podemos llegar a ser incapaces de empatizar con aquellos que consideramos alejados de nosotros. De ahí a la deshumanización hay un paso. Y eso, ya sabemos que no conduce a nada bueno.

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