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Mejor decir 'efecto huida'

Ramón Lobo

No hay soluciones mágicas a corto plazo para el efecto migratorio que llega a Europa

Atracó esta semana en Barcelona el barco de ProActiva Open Arms, días después de que lo hiciera el Aquarius en Valencia. Juntos han salvado 699 vidas, una gota en un Mediterráneo en el que han muerto más de mil personas en lo que va de año. En el 2017, los fallecidos superaron los 3.000. Los gobiernos de la UE han privatizado su responsabilidad y, al parecer, también tienen en venta los principios y los valores sobre los que se sustenta una democracia. Son tiempos de mucho envoltorio y poco contenido.

Quedan las ONG, la ciudadanía responsable y los medios de comunicación que no han sucumbido a los embrujos de la propaganda y la banalidad. El diario británico 'The Guardian' publicó los nombres de las 34.361 personas que perdieron la vida desde 1993 intentando llegar a Europa. No es para que nos los aprendamos, es solo por darles un poco de dignidad.

Políticas restrictivas

A este lado del Mare Nostrum (nuestro, del mundo rico) se multiplican las políticas restrictivas basadas en la seguridad, es decir, en la agitación del miedo. No solo es el xenófobo Matteo Salvini, es la misma Alemania de Merkel. La cancillera ha tenido que ceder al ultimátum de sus socios bávaros de la Unión Social Cristiana, que exigían restringir la llegada de inmigrantes y deportarlos al país por el que entraron a la UE. Esa es la letra del pacto de Dublín, que ahora se impone a las bravas.

El motor del órdago bávaro es el temor a Alternativa para Alemania, primos ideológicos de Marine Le Pen, que no deja de crecer en las encuestas y en las urnas. Como sucedió en Holanda en el 2017, la derecha democrática compra parte del discurso de los fascistas para bloquear su llegada física al poder. No parece un buen negocio a largo plazo: normaliza el lenguaje divisivo, en vez de trabajar en el inclusivo, en cómo la inmigración es positiva a medio y largo plazo para la economía. En una Europa en fuerte recesión demográfica, el inmigrante es la gran esperanza de sostenibilidad del Estado del bienestar.

Proyecto europeo en riesgo 

No es exagerado afirmar que la crisis migratoria pone en riesgo el proyecto europeo. Ya existen varias velocidades en el rechazo al otro. Está el grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa), que se han negado a acoger refugiados tras el pacto de repartir 160.000 en la UE. Están Italia y Austria con sus ministros de Interior xenófobos, y está España, con un Gobierno que necesita gestos y otro tono, pero que no está preparado para cambiar políticas que afectan a toda la UE.

Suelo hablar de un 'efecto llamada' basado en la desigualdad entre el Norte y el Sur, entre el mundo que come tres veces al día y los 900 millones de personas que pasan hambre, entre un mundo que tiene un agua más salubre en sus váteres que otro sin agua potable en sus hogares (2.100 millones). Chema Caballero, que trabajó en el rescate de niños soldados en Sierra Leona, prefiere decir 'efecto huida'.

Sin soluciones mágicas

El ministro español de Exteriores, Josep Borrell, ofreció mucho contexto en su reciente comparecencia en el Congreso de los Diputados. Dijo que África triplicará su población en 50 años (de los 1.277 millones actuales) y que el cambio climático tendrá un impacto decisivo en el fenómeno migratorio, para el que no hay soluciones mágicas a corto plazo. Se habla de la necesidad de un plan Marshall para África, sobre todo para los países del Sahel. En este plan deberían participar las empresas extractoras de minerales y petróleo, para compensar su impunidad en el saqueo constante.

La UE aprueba ayudas y publica cifras, como si decir “500 millones de euros” fuera el remedio. No se dedican a modificar la vida de las personas que sienten el impulso de huir. Gran parte es para reforzar la seguridad, financiar expulsiones o pagar mordidas a Turquía, Libia y Marruecos para que sirvan de contención. Hablamos del Mediterráneo, no de las muertes invisibles en el desierto del Sáhara. Ni de derechos humanos o de mujeres que padecen abusos y maltrato en el camino. Sin cámaras no hay delitos.

Efecto imparable

Vendrán más inmigrantes porque se trata de un fenómeno estructural, no una moda, un “vamos a ver cómo se vive en el Norte”. No les detienen los mares, ni los muros ni las alambradas. Huyen de la muerte. Por eso son imbatibles. Además de acoger, hay que integrar. La ventaja de España y Portugal sobre el resto de la UE es que aquí no funcionan los discursos xenófobos. Hay racistas, muchos, pero no partidos, más allá de Vox y algunas asociaciones, que hagan del miedo su bandera. No lo celebremos demasiado porque es una virtud con fecha de caducidad. 

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