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LA CLAVE

Guerra nueva en el viejo PP

Enric Hernàndez

Pese al curso intensivo de democracia interna, bajo el maquillaje naranja permanece la derecha de siempre, solo preocupada por neutralizar a Ciudadanos

En un mes privado del poder, el PP ha aprendido más de transparencia, pluralidad y democracia interna que en toda su historia. Quienes presumían de rozar los 900.000 afiliados han tenido que admitir que solo 66.000 están al corriente de pago. Quienes se mofaban de las riñas en otros partidos y de las primarias ajenas andan ahora a bofetadas y votan en urnas de cartón. Los cuadros del partido, con excepciones, han pasado de obedecer las órdenes del jefe a no saber quién manda. Bienvenidos, al fin, al siglo XXI.

A los dirigentes del PP aún les quedan sapos por tragar. Como el de la primacía para gobernar de la lista más votada, que Pablo Casado y María Dolores de Cospedal vindicaban para denigrar las “coaliciones de perdedores” de la izquierda, así fuera en Madrid, en Castilla-La Mancha o en la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Moncloa.

Ahora Casado, el segundo aspirante más votado, negocia con Cospedal (tercera) para desbancar a la primera, Soraya Sáenz de Santamaría. Si esa pinza prospera –con permiso del incombustible Javier Arenas--, los populares deberán inventarse otro soniquete de cara a las próximas municipales y autonómicas.

Ante la “segunda vuelta” de las primarias, un despropósito por el que 3.000 delegados pueden revertir la decisión de 58.000 afiliados, la proverbial aversión que se profesan Santamaría y Cospedal asoma como la gran aliada de las ambiciones de Casado. Quien, a expensas del dictamen judicial sobre su sospechoso expediente académico, de alzarse con la candidatura a la Moncloa arrostrará ante Sánchez un grave déficit de legitimidad: si el líder socialista cimentó su liderazgo en el apoyo de las bases frente al ‘aparato’, el popular lo habrá hecho en los despachos y desoyendo la voz de la militancia. 

DE ESPALDAS AL CENTRO

Por su novedad, esta guerra sin cuartel debería servirle al PP para regenerarse y expiar sus viejos pecados. Pero los enjuagues inconfesables,  recientes o inminentes, indican que bajo el maquillaje naranja permanece el conservadurismo de siempre, más preocupado por repeler la opa de Ciudadanos a su derecha que por congraciarse con el voto de centro.

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