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Lengua viva

Terrazas, en la calle de Blai.

FERRAN NADEU

Machirulos y chinorris

Javier Pérez Andújar

A las palabras les ha pasado lo contrario que a la clase obrera. Ahora pertenecen más a una clase social que a un área geográfica

El español, y la española, son muy de andar, y de hablar, con la ley en la mano. Eso se ve en las reuniones de vecinos y en la Real Academia (la de la lengua). Hace unos días, la académica Soledad Puértolas propuso que se incorporara al diccionario la palabra machirulo. Seguro que más de un colega suyo se quedó ‘ojiplático’.

Todo académico lleva dentro un sabio como los de “Bola de fuego”, la película de Gary Cooper que vimos protagonizada por Danny Kaye. No sólo todo académico, sino toda academia, todo diccionario, vive con la esperanza de que lo salve alguien parecido a Barbara Stanwyck, la novia del gánster en esa película. ¿Viene de los bajos fondos la palabra machirulo para revivificar la vieja institución? Yo creo que no. Precisamente esto es lo que me preguntaba sobre la relación del diccionario, es decir de la ley en la mano, con el lenguaje entendido como el hablar de la gente.

El lenguaje de los bajos fondos ha necesitado de la literatura para que lo tengan en cuenta

las palabras les ha pasado lo contrario que a la clase obrera. Ahora pertenecen más a una clase social que a un área geográfica. “Pues en mi pueblo se llama damajuana”, eso es lo que comentaba alguien cuando le enseñaban una garrafa. La primera vez que oí la palabra machirulo fue en un entorno progresista y de oficio liberal. Seguro que fue un 'finde'. Era una voz cómplice, nacida con afán de denuncia y con su punto de frivolidad.

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Yo me crié con otro lenguaje, salido del encuentro, del encontronazo, del habla campesina con la jerga de barrio. Muchas de aquellas palabras, de una y otra parte, tampoco figuraban en los diccionarios. Hablábamos al margen de la ley y al margen de toda clase social en activo. Mi familia decía paratos (la RAE recoge parata) y caballones (esta sí sale), y en la calle les llamábamos cerotes a los polis y chinorris a los niños (esas son lo más normal del mundo, pero al diccionario le importaba un pito). De Quevedo a la novela negra, el lenguaje de los bajos fondos ha necesitado de la literatura para que lo tengan en cuenta. En las palabras también hay lucha de clases.

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