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Dos miradas

La tarde que llegan a Catalunya, escoltados en furgones policiales, te recuerda que no vivimos en la normalidad

Viene de vez en cuando, es un dolor agudo, una punzada. Una herida repentina. Vas por la calle y observas a la gente y te das cuenta de los amores y los desamores, de los turistas que van en grupo y de la familia que pasea el cochecito. Te fijas en las ilusiones y los desencantos de los que te rodean y que tú mismo tienes: las esperanzas de cada día, los socavones cotidianos. Y vas tirando. Vas al teatro o al cine y también cenas con alguien a quien amas y ves el fútbol y lees poesía. Y de repente, de vez en cuando, piensas en ellos. Y entonces se apodera de tus pensamientos el pensamiento de la infamia que sufren en prisión, aunque ahora sea una prisión más cercana.

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Y quizá es por eso mismo que la punzada es más intensa la tarde que llegan a Catalunya, escoltados en furgones policiales. Un sufrimiento que es atenuado, pero persistente y que, a veces, se convierte en el pinchazo que aguijonea, la sacudida que te hace despertar y que te recuerda que no vivimos en la normalidad de los amores y los desamores, los turistas, los teatros o las cenas, sino con "el corazón consciente de quien solo tiene vida en la historia", como escribía Pasolini ante las cenizas de Gramsci y de su "dura elegancia no católica", perdido entre extraños.

Pienso ahora en Gramsci, en su prisión, en su tristeza profunda. Y en una carta que escribe al hijo que no conoce: "Sé que fuiste al mar y que viste cosas bellísimas. Me gustaría que me escribieras una carta y que me lo contaras".

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