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Tráfico aéreo

Colas de facturación de Vueling en el aeropuerto de El Prat.

DANNY CAMINAL

Un sector cada vez más poliédrico

Josep-Francesc Valls

En el aeropuerto del Prat aumentan enormemente los viajeros en los últimos años. Eso es bueno porque genera más tráfico y más ingresos. Pero sufre los problemas inherentes a un crecimiento desbocado

Las huelgas de los trabajadores no son las causantes del caos en los aeropuertos, ni tampoco de los retrasos de los aviones, ni de que lleguen tarde las maletas a las cintas transportadoras. La patronal europea de las aerolíneas, la A4E, culpa a la parte laboral y de causar, dice, la destrucción del tráfico aéreo. Es como si en estos días de Mundial adjudicáramos el gol al poste que hace la carambola y no al futbolista que chuta. El palo está ahí de pasmarote, pero el gasto, la gracia y los honores se los lleva el jugador que dispara. Si acaso, las huelgas serían la consecuencia de la coyuntura de un sector cada vez más poliédrico.

Los retrasos aéreos observan varias causas. La primera, los factores meteorológicos, que cuando acontecen suelen producir el caos en las rutas. Así ocurrió con la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull en el 2010. Provocó la anulación de 17.000 vuelos en 18 países durante unas semanas en Europa. La segunda, la congestión del tráfico. Coincide en las vacaciones, los puentes, los fines de semana o los días señalados. En esos períodos, muchos viajeros desean trasladarse a los mismos sitios. La estacionalidad llegó muy pronto al sector aéreo y se ha quedado para siempre. La tercera, la democratización aérea. Los bajos precios han atraído a los aeropuertos en los últimos quince años a numerosas personas motivados por la baratura; los viejos hangares o los más modernos aeropuertos no están llamados a convertirse en pop-ups que se ensanchan y se encogen al ritmo de la demanda.

Y la cuarta, en medio de este batiburrillo, los trabajadores, sean controladores, pilotos o subcontratados de servicios diversos, liberan sus demandas aprovechando la circunstancia. Reivindican cuestiones de seguridad contractual, de carga de trabajo, de salario, de organización, y otras más, cada cual la suya, que varía con el tiempo, pero que siempre se concita en las fechas conocidas. Nada tienen que ver las huelgas de los pilotos del Sepla de antaño, que ganaban suculentos salarios, pero querían más poder, con la de los vigilantes de seguridad que cobran unos míseros sueldos.

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En el aeropuerto del Prat aumentan enormemente los viajeros en los últimos años. Eso es bueno porque genera más tráfico y más ingresos. Pero sufre los problemas inherentes a un crecimiento desbocado. Vueling, dentro del holding IAG, se ha convertido ya en una gran compañía que desea enjugar las pérdidas del pasado cuanto antes. Y en ese estirón, no acaba de encontrar el punto de equilibrio entre la puntualidad, el servicio y los beneficios.

A las compañías aéreas, por otra parte, les aprieta el precio del petróleo, las tasas medioambientales y las tarifas de los aeropuertos, sobre otros factores productivos. Tanto las tradicionales como las 'low cost' hace tiempo que no pueden reducir más los costes, pero a la vez se ven obligadas a atacar el mercado con promociones atractivas. Por eso, siempre acaban perdiendo los mismos y haciendo las huelgas en las mismas fechas. En cualquier caso, culpar a los trabajadores del caos no es la forma más adecuada de resolver los aspectos infraestructurales y de adecuación de la oferta a la demanda.