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Mirador

El 'procés', ¿vivo o muerto?

Joaquim Coll

La unilateralidad se sustituye ahora por desplantes, declaraciones inflamadas y enfados por supuestas ofensas

Las broncas independentistas de las últimas semanas, desde el intento de boicotear la presencia de Felipe VI hasta el incidente protagonizado por la delegación de la Generalitat en el Folklife Festival, han abierto el interrogante sobre si el 'procés' está tan finiquitado como parecía. Ha emergido el temor de que el nuevo Govern tenga la voluntad de volver a la unilateralidad que caracterizó la etapa anterior.

Sin embargo, todo este tipo de gestos maleducados, que se acompañan de otras tantas amenazas proferidas por el propio Quim Torra, llamando a crear “otro 1-O” o afirmando que “Catalunya pronto se unirá al resto de naciones libres”, no son más que la expresión de un estado de fuerte resaca política. Aunque una parte del separatismo desearía volver a la borrachera de septiembre y octubre pasado, esa gestualidad crispada revela su propio desconcierto.

Una actitud que, además, se ha saldado con un enorme fracaso. En Tarragona, quien fue pitado no fue el Rey, sino el presidente de la Generalitat, y en Washington quien ha quedado mal es Torra que se comportó como el jefe de una banda de 'hooligans' frente a los educados argumentos del embajador español.

A la pregunta de si el 'procés' está vivo o muerto, la respuesta es clara: el 27 de octubre del 2017 no pasará a la historia por esa confusa declaración de independencia del Parlament, sino porque ese día se puso fin al 'procés'. La unilateralidad como guía de acción demostró ser una quimera y un gran engaño. Es cierto que en ningún lugar está escrito que no se pueda volver a cometer el mismo disparate, pero a medio plazo no parece probable.

No nos dejemos confundir por los estados emocionales. La unilateralidad se sustituye ahora por desplantes, declaraciones inflamadas y enfados por supuestas ofensas. Ante la falta de estrategia, lo que ahora hay es una táctica de confrontación rasa para mantener vivo el conflicto, para alargarlo hasta las municipales de mayo próximo y la celebración del juicio a los presos del 'procés'.

La posibilidad de alcanzar un diálogo con el Gobierno español, centrándose solo en los asuntos del autogobierno, es muy remota porque Torra no es un político, sino un activista ultra que ejerce de 'president' custodio de Carles Puigdemont. Evitando la provocación y acercando con celeridad los presos a Catalunya, la 'operación diálogo' de Pedro Sánchez gana enteros, aunque no sea correspondido por la otra parte. Por ahora se carga de razones, pero después del 9 de julio, si la reunión fracasa y continúan las provocaciones, no va a tener más remedio que cambiar el tono.

La pauta la está dando el ministro de Exteriores, Josep Borrell, que ha exigido por carta al Govern que las delegaciones de la Generalitat en el extranjero cumplan con la ley. El Gobierno parece dispuesto a impedir que se utilicen recursos públicos para hacer propaganda contra España. El 'procés' ha muerto, pero el problema va para largo. El PSOE no puede (ni quiere, claro está) negociar el referéndum y los independentistas tampoco renunciaran a exigirlo. De lo contrario estarían certificando el fracaso completo de su aventura política.

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