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La UE se ahoga entre inmigrantes y refugiados

Jesús A. Núñez Villaverde

Por supuesto, lo más grave es la muerte de seres humanos ahogados en el Mediterráneo (más de 16.000 desde el 2014); pero también lo es que la Unión Europea se está ahogando a ojos vista entre la vergüenza por el incumplimiento de sus compromisos jurídicos, el trágico olvido de sus propios valores éticos y la ceguera en la respuesta eminentemente policial que sigue dando a una crisis que, por esta vía, acabará arruinando el proyecto de unión política que en su día imaginaron sus fundadores.

A pesar de la convicción generalizada de que el modelo actual no sirve -solo quien desee engañarse a sí mismo puede tranquilizarse por la caída del número de personas que han llegado a las costas europeas del Mediterráneo (de un millón en 2015 a 170.000 en el pasado año)-, basta con revisar la carta de invitación que el presidente del Consejo Europeo ha enviado a los Veintiocho para entender que el énfasis sigue estando centrado en edificar una “fortaleza europea”, imposible a todas luces. El matiz diferencial de la cumbre que hoy mismo se celebra en Bruselas es que la apuesta se centra más en mejorar el control de las fronteras externas de la Unión (obsesión liderada por Roma) que en controlar los movimientos internos (como demanda Berlín). Y no es nada bueno que, otra vez, buena parte de lo que allí se decida estará muy ligado a la política interna alemana (con Merkel jugándose el puesto si no contenta a una CSU temerosa de perder el poder en Baviera frente a la antieuropeísta y xenófoba AfD).

Es ese enfoque tan irreal como cortoplacista el que explica que- sumado a la negación de auxilio a quienes se aventuran en busca del Dorado, a las vallas, muros y policías desplegados por doquier, a los fondos entregados bajo cuerda a socios tan escasamente recomendables como Turquía o Libia y a una raquítica ayuda al desarrollo- ahora resurja la idea de crear “plataformas regionales de desembarco”, como si fuera lo único que falta para resolver una ecuación tan compleja. Unas plataformas criticables- tanto si se ubican dentro como fuera del territorio comunitario (basta con recordar lo que significan los CIE para entenderlo)- e inservibles- cuando se sostiene que solo se emplearían para los que pretenden entrar en la UE por mar.

Frente a ese equivocado planteamiento cabe otro que, en línea con nuestros valores e intereses, entienda que vivimos en un mundo inevitablemente abierto e interdependiente y que, en contra del discurso dominante, el verdadero problema no es que vengan, sino que no vengan. Dicho incluso de un modo egoísta, los necesitamos y debería preocuparnos que lo hagan por canales transparentes, sin arriesgar sus vidas en manos de mafias criminales, y que quienes ya están aquí tengan los mismos derechos y deberes que nosotros. Pero, además, también nos toca colaborar decididamente en crear en el territorio de nuestros vecinos las condiciones para que los que allí habitan puedan gozar de una vida digna. Y esto no es buenismo, es sencillamente egoísmo inteligente.

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