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Dos miradas

Si dentro de unos decenios alguien oliera de verdad el aire del siglo pasado, quizá debería acudir a Urgencias, víctima de un soponcio

Hace días, un reportaje de Ana Sánchez nos informaba de que el señor Luis Mohedano tiene en su poder mil botellas de vidrio que contienen aire procedente del año 2000. Pocos días antes de que terminara el milenio (dejemos de lado la polémica sobre los inicios del milenio) fue a ver a un notario y, durante todo un día, se dedicó a dejar que las mil botellas se llenaran de la atmósfera del siglo XX y después las tapó con un tapón y también imagino que las selló, ante el notario, para que quedara constancia de que esa nada que había dentro de la botella vacía era justamente lo que respirábamos entonces. Ahora, las vende (o las quiere vender, vaya) por 60.000 euros cada una.

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El mismo Mohedano imagina la escena: dentro de unos decenios, una cena en casa de un multimillonario donde se invitará a los asistentes a descubrir cuál era el olor del siglo XX. ¿Y qué olor debe de ser ese, después de 18 años embotellado? Si realmente se introdujo en estas botellas y si realmente se conserva la esencia (algo que está por ver o, mejor dicho, por oler), seguramente encontraríamos una atmósfera de terror y miseria, de guerra y devastación, el aliento esperanzador de algún avance médico o de algún invento benefactor y, por supuesto, partículas en suspensión de Buster Keaton o de W.H. Auden. Si los invitados a la cena del multimillonario olieran de verdad el siglo XX quizá deberían correr para ser atendidos en Urgencias, víctimas de un soponcio. 

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