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Mercadillo literario de segunda mano

Libros dedicados

LEONARD BEARD

Libros dedicados

Rosa Ribas

Los círculos se cierran a veces y el texto abandonado, rechazado, desechado regresa al autor

Hace unas semanas  llegaba por fin la buena noticia de la reapertura del Mercat de Sant Antoni y con ella la vuelta del mercado dominical de los libros a su lugar. La bienvenida la dio un bello pregón de Miqui Otero, que recreaba el espíritu de gozoso, de lugar de descubrimientos que siempre ha tenido este mercado. Cuando vivía en Barcelona era una placentera cita fija de los domingos por la mañana, gracias a la que fui construyendo mi biblioteca, esa colección ideal siempre incompleta en la que conviven los libros que he leído, los que voy a leer y los que quiero releer. Algunos llevan años esperando, pero sé que tarde o temprano llegará su momento; por eso los conservo. Otros, en cambio, siguen ahí porque no es lo mismo desprenderse de una pieza de ropa que ya no nos entra que de un libro que no nos interesa. Hay una resistencia a deshacerse de los libros, tiene algo entre bárbaro y pecaminoso.

Hasta que un día, impulsada tal vez por una mudanza, rompes el cordón invisible y empiezas a podar las estanterías. Fuera los libros que no me gustaron, los que me aburrieron y los que me dejaron indiferente. No los que odio. Esos, pocos, los guardo en un lugar aparte, como los químicos hacen con los venenos. Si los odio será que algo han removido. Y no, no confundo el odio con el asco.

Comprar libros de segunda mano

El resto salen. O, mejor dicho, los suelto de nuevo. En mi biblioteca son peso muerto, en otra tal vez revivan, como lo hicieron los que compré y leí gracias a que alguien no los quiso en sus estanterías. Siempre me ha gustado comprar libros de segunda mano. Te acercas a las pilas o a las estanterías sin buscar nada en concreto solo para ver qué encuentras. Y había, además, algo compasivo en acoger, en darles un nuevo hogar a libros que con los nombres de sus antiguos dueños, exlibris, dedicatorias, libros que a veces llevaban postales, billetes de metro o entradas del cine en su interior. Sí, tenía un punto romántico.

Cuando empecé a publicar me acercaba a las pilas de libros de segunda mano con el temor de encontrar allí uno de los míos

Mi relación con los libros de segunda mano cambió bastante cuando empecé a publicar. Empecé a acercarme a las pilas con el temor de encontrar allí uno de mis libros. No sabía cómo lo encajaría. Hasta que pasó. Y no, no dolió tanto como esperaba. Aunque sabes que la gente se deshace de los libros que no les gustaron, los que les aburrieron y los que les dejaron indiferentes. Tal vez de los que odian. Pero, por otro lado, te alegras de que no estén abandonados en una estantería, ignorados. De modo que cuando te los encuentras los saludas con discreción con un golpecito en el lomo y les deseas mejor suerte la próxima vez.

Y así poco a poco te vas curtiendo. Hasta que un día te gradúas. Eso sucede cuando te encuentras un ejemplar de una de tus novelas con tu firma y una dedicatoria.

La experiencia se la debo a O., un lector valenciano apasionado de novela negra, al que conozco desde hace ya unos años porque coincidimos en varias ocasiones en festivales. Si tengo alguna novedad, viene para que le dedique y le firme un ejemplar. La última vez que nos vimos, fue en el festival Valencia Negra y me trajo dos libros. Uno era de reciente publicación, “para que me lo dediques”. El otro era una edición de una de mis novelas que ya está descatalogada. O. me comentó que estaba muy contento de haberlo encontrado en el Mercat de Sant Antoni, porque era el único que le faltaba de la serie. Ya andaba yo pensando en algo especial que escribirle en el libro cuando me dijo, entre divertido y apurado: “Este no me lo podrás dedicar porque ya viene dedicado”. Lo abrí y vi que era así, que ahí estaban las palabras que le había dirigido a un reconocido crítico literario barcelonés. Una dedicatoria que, a diferencia de las que suelo escribir, no llevaba solo el nombre de pila, sino nombre y apellidos. Sí, a veces los círculos se cierran y el libro abandonado, rechazado, desechado regresa al autor. Nos reímos, aunque también algo que describiría como bochorno dolorido ante este rechazo con nombre y apellidos.

Pedir explicaciones al lector

Mi primer pensamiento fue, si un día me lo encuentro, le preguntaré qué pasó. Después caí en la cuenta de lo absurdo que es pedirle explicaciones al lector. El autor nunca debe entrometerse entre el libro y el lector. Lo que suceda entre ellos es asunto suyo.

Pero…

Pero tengo que confesar que, si bien yo también me he desprendido de libros que estaban dedicados, antes les he arrancado la hoja con la dedicatoria, porque, por más que los amantes del libro ahora se estén llevando las manos a la cabeza, les aseguro que al libro le duele bastante menos que al autor.

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