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El jeroglífico republicano

Jordi Mercader

Las bases de ERC no comparten la moderada autocrítica practicada tras las elecciones del 21-D

La disyuntiva más relevante a la que se enfrenta ERC en su inminente conferencia nacional es la de dilucidar si somos república o hacemos república. Naturalmente son conceptos diferentes; sin embargo, esto no va ser ningún obstáculo; el lenguaje político se puede permitir una transacción aparentemente integradora, Som i Fem república, aunque sea un monumento a la contradicción. Ser es existir y hacer, implica dar existencia a una cosa, ergo, si ya existe no tendría sentido darle existencia, aunque se trate de la república. Tampoco hay que ponerse exquisito en el lenguaje a estas alturas. La experiencia de los últimos años nos ha proporcionado a todos los catalanes un máster gratuito en interpretación del jeroglífico político.

Lo substantivo de este juego conceptual es el cumplimiento de la sospecha de algunos dirigentes de ERC: las bases del partido republicano son algo más legitimistas que su dirección y no comparten, al parecer, el análisis y la moderada autocrítica practicada tras las elecciones del 21-D. Como dice Puigdemont y repite Torra, aquí hubo un referéndum, un mandato democrático, la proclamación de una república, y solo queda por cumplir su implementación, ponerla en funcionamiento, porque de haberla, 'hayla'. En definitiva: somos una república y todo lo demás son cuentos chinos, propaganda españolista o traición a la voluntad popular.

Los dirigentes de ERC se tomaron con parsimonia el discurso legitimista, le pusieron sordina esperando que la restauración inevitable del primer día se transformara en una operación improbable para olvidarse a continuación de ella. La unilateralidad ha fracasado, habían dicho sus voces más autorizadas; así pues no hay república para defender, sino un proyecto para ampliar la base social para proclamarla más adelante.

Relato mágico

El márqueting les condujo al Fem República, 'remake' del 'fem país', una expresión muy pujolista, agradable a todos los oídos independentistas, un intento de quitar hierro a la divergencia de fondo, aprovechando el tirón popular del adjetivo republicano. Pero el legitimismo no está dispuesto a consolarse colocando cartelitos a la entrada de los pueblos más fieles anunciando que aquel es un municipio de la república catalana, ni a aceptar matices derrotistas a su conjura de que en otoño sucedió lo que ellos hubieran querido que sucediera aunque no sucediese. No se lo pueden permitir, les va su influencia y su futuro político en persistir en el relato mágico.

En estas circunstancias, la actual dirección de ERC tiene difícil impedir que su modoso eslogan pensado para ir tirando a la espera de tiempos mejores (para cuando la ampliación de la base) se convierta en una contradicción deambulante al añadirle el 'Som'. La unidad del partido bien vale una concesión en el eslogan de su nueva política, pensarán los más pragmáticos. La realidad, se dirán, no atiende a imposibles y el gobierno de la gestión autonómica y el discurso republicano acabarán por convencer a los más prudentes de que estamos donde estamos.  

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