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VENTANA DE SOCORRO

Lineal de un supermercado. 

Albert Bertran

Si los consumidores queremos seguir comprando barato, alguien tiene que pagar la diferencia

Estaba tan feliz. Por fin, después de muchos años de malganarse la vida como asistenta aquí y allá, había conseguido un empleo a jornada completa con su nómina y, sobre todo, cotizando. En el cursillo aprendió a manejar la caja (la parte más difícil y estresante, cerrar la jornada sin que te falte ni te sobre un céntimo y sin provocar colas con tu torpeza) y pronto se incorporó a un supermercado. Qué contenta estaba. Cada tarde se dirigía a su puesto de trabajo llena de satisfacción y bienestar. Todo era agradecimiento hacia quienes habían ofrecido una oportunidad a una mujer de más de 50 años, con estudios básicos y ninguna capacitación especial demostrable: alguien que tiene casi imposible acceder al mercado laboral.

Le gustaba ponerse el uniforme, reponer artículos en las baldas, estar atenta a la caducidad los productos perecederos, ordenar. Los compañeros eran amables. Por primera vez en su vida ¡hacía planes! Ahora sí podría renovar la lavadora. La llegada del verano no sería como siempre una catástrofe. No tendría que hacer malabares para estirar sus magros ahorros y subsistir hasta septiembre porque sus clientes se iban de vacaciones y no la llamaban para limpiar sus casas. Dignidad. Era el término que le venía a la cabeza. Se sentía digna, parte de la sociedad. De pronto tenía más interés por cuanto ocurría a su alrededor, desde las noticias en el telediario a la actividad de su barrio. Tener un empleo era formar parte. Se habían acabado los largos años de exclusión.

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En esto iba pensando cuando el jueves al llegar al súper la encargada le entregó una carta: "Pongo en su conocimiento que con fecha xxx finaliza el contrato suscrito entre usted y esta empresa. Sin otro particular le saluda…" El mazazo fue tan grande que no fue capaz ni de llorar. ¿Qué he hecho mal? Se preguntaba. "Nada -contestó la compañera- si las ventas no acompañan, despiden a los que habéis entrado últimos".

No hay otra fórmula para mantener los precios bajos: si los consumidores queremos seguir comprando barato, alguien tiene que pagar la diferencia. Por desgracia, los trabajadores.

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