Ir a contenido

Análisis

La hora de los iluminados

Jordi Puntí

Habrá quien crea que deberíamos olvidarnos ya de Messi, pero nada ocurre porque sí, y menos durante un Mundial. Ayer abrí mi correo electrónico y ahí estaba: un mensaje enigmático me invitaba a formar parte de la élite global del imperio de los Illuminati. “Te llevaremos hasta la cima y te protegeremos físicamente y espiritualmente”, decía el texto sin autor, antes de pedirme dinero. Lo más lógico habría sido creer que se trataba de un correo con trampa, un 'spam', y borrarlo enseguida, pero entonces me di cuenta de que hace dos días me convertí realmente en un iluminado. Sí, yo soy de esos que siguen creyendo ciegamente, absurdamente, en la clasificación de Argentina para la siguiente fase.

Ahora mismo se necesita una buena dosis de fe y fantasía para imaginar que la victoria contra Nigeria es posible. En los últimos días, cientos de analistas de todo el mundo han diseccionado -a veces al límite del daño físico- los errores de Sampaoli y sus jugadores, y en especial se ha comentado la apatía dolorosa de Leo Messi frente a Croacia. Me temo que todo fue en vano, puro psicodrama. Esto sin contar que ninguna otra selección del mundo tiene a un Maradona en la grada ejerciendo de juez 'hooligan'. Cuando Alemania pierde ante México, la televisión no nos enfoca a Matthäus fumando un puro con gesto perdonavidas, y cuando Brasil sufre contra Costa Rica, no vemos a Pelé en la grada gritando: “¡Huevos, huevos!”.

Ninguna otra selección del mundo tiene a un Maradona en la grada ejerciendo de juez 'hooligan'

En un artículo reciente en la web de la 'New York Review of Books', el escritor argentino Gabriel Pasquini anticipaba esas reacciones ante una más que posible debacle, y hallaba una explicación en la historia, en la época gloriosa que va de 1880 a 1930: cuando Buenos Aires era el París del sur, y Argentina la décima potencia económica del mundo. La crisis de los años 30 fue irreparable y, desde entonces, los argentinos siguen esperando que alguien les rescate y les devuelva a esa época dorada. De ahí que, según Pasquini, en los asuntos nacionales se viva siempre entre “el fatalismo y el pensamiento mágico”. Ahora, en el Mundial, ese alguien era Messi.

El Barça glorioso de la última década, el de Guardiola y Messi, aprendió a jugar precisamente contra ese fatalismo, tan arraigado en el club, y a su vez domesticó el pensamiento mágico como algo natural. De hecho, Messi ES el pensamiento mágico en cada partido. Pero el otro día, el penalti fallado por el 10 ante Islandia le instaló de inmediato en la fatalidad -con el recuerdo de ese otro penalti fallado en la final de la Copa América del 2016- y la derrota contra Croacia le hizo tocar fondo.

Ahora ya no hay alternativa. El Mundial de fútbol, con su carácter de campeonato en miniatura, facilita los caprichos y los cambios de humor, la sorpresa de descubrir nuevos talentos. También relativiza, cada vez más, el peso de los favoritos. Una vez despojados de su prestigio, Messi y los otros diez deberían jugar como si, de hecho, fueran Nigeria, Senegal, Panamá, Islandia: sin lastre emocional, sin complejos ni expectativas, convencidos hasta la locura de que por fin ha llegado la hora de los iluminados.

0 Comentarios
cargando