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Peccata minuta

Lo que acaba de pasar con el benemérito, el militar y los tres civiles violadores de 'La manada' pertenece más a los espejos cóncavos del esperpento que a un país decente con voluntad de presente y de futuro

Ayer tuve un sueño: no sé si tres o cinco magistradas o magistrados, ya que lucían la máscara pajaril de los Doctores de la Peste, una peluca polvorienta y una toga con puñetas cubriendo sus cuerpos conejos, ebrios y lujuriosos, penetraban repetidamente por todos sus orificios y contra su maltrecha voluntad a la Dama de las Balanzas mientras Valtonyc, a lo lejos, rugía 'El novio de la muerte' con la letra del 'Setge jutges d'un jutjat'... 

Desperté muy sobresaltado, mucho, pero al hojear los periódicos me tranquilicé  recordando que el sordo Goya ya había vaticinado que los sueños de la razón producen monstruos, y, algunas pesadillas después, Valle-Inclán se quitó el sombrero, aplaudiendo al pintor. Lo que acaba de pasar con el benemérito, el militar y los tres civiles violadores de 'La manada' pertenece más a los espejos cóncavos del esperpento que a un país decente con voluntad de presente y de futuro.

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Visto como ha actuado el estamento judicial en este caso -incluída una señora-, hay que desconfiar radicalmente de él en muchos otros aspectos -presos catalanes, bardo Valtonyc, Alsasua, Rato, Urdangarín cinco estrellas... - como viene sugiriendo por activa y por pasiva la diplomática, tíbia y vieja Europa. La mayor evidencia de que los justicieros están muy lejos del sentir de la calle es que un tribunal popular de una docena de hombres y mujeres sin piedad,  pero con hijos, hijas y sentido común, nunca, nunca, nunca habría decretado la libertad de estos cinco chulos miserables a cambio de 6.000 euros de mierda.

El maestro Brassens

Ya en el lejano 1952, el trovador neomedieval Georges Brassens, tal vez aleccionado por las negras y jocosas viñetas de Honoré Daumier, se regodeó con los mercachifles de  la justícia en su canción 'Le gorile'. Resumo: un gorila de zoo, admirado por su enorme virilidad por las mamás  que le observan con sus retoños al otro lado de las rejas, logra escapar de la  jaula. El simio es aún virgen y decide dejar de serlo a la de ya. Todos huyen a su paso, excepto una viejecita -¿A mí qué va a hacer? !Ojalá!- y un joven juez con toga que la bestia confunde con unas faldas; se las levanta, le encula poderosamente...  y cuentan los lugareños que el magistrado chilló exactamente igual que el hombre que aquel mismo día había condenado a muerte.

Si cito al maestro Brassens es para celebrar la nostalgia de que hubo un tiempo donde los poetas podían hablar de su tiempo, pero también por la impunidad que le procura no estar ya entre nosotros: no podrán detenerle, juzgarle ni extraditarle. Gracias a Dios, los descreídos también tenemos imposibles santos que nos protegen y acompañan desde el Más Allá.

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