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Dos miradas

Todo el mundo escucha el himno en el Mundial como si fuera la última cosa que tuviera que hacer en esta vida

He visto varios partidos del Mundial de fútbol. Exagero. He visto, sobre todo, los momentos previos a los partidos, cuando los jugadores se alinean y escuchan el himno nacional con devoción y circunspección. Ambas características son generales y comunes a todas las selecciones. No solo son devotos y circunspectos los jugadores titulares sino los suplentes, los entrenadores, los entrenadores de porteros, los segundos entrenadores, los jefes de prensa y los masajistas. Todo el mundo escucha el himno como si fuera la última cosa que tuviera que hacer en esta vida. Pero en esta devoción y circunspección universal, hay diferencias. Sobre todo entre los equipos europeos y los americanos. Los primeros, que suelen tener himnos que se parecen al de Libertonia que cantaba Rufus T. Firefly, es decir, Groucho Marx, parece talmente que asistan a una recepción de la embajada. Patriotas pero discretos. Los segundos, los americanos, que tienen una mezcla de tonalidades verdianas y de ritmos de zarzuela, tratan de destrozar las cuerdas vocales con unas alaridos fenomenales, como si fuera el preludio de la batalla final.

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Los hay que se ponen la mano derecha en el pecho, a la altura del corazón, y los hay que dibujan una especie de saludo militar, con la mano rígida y los dedos estirados, perpendiculares a la columna. Es muy emotivo. Excepto los españoles, claro. Como reza un anuncio de pizzas, la ventaja del himno es que, mientras suena, te puedes comer una pizza.

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