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Dos miradas

La corrupción de la política afecta a nuestro modo de relacionarnos, impregna los negocios y dictamina la moral colectiva

Hace poco más de dos semanas que Pedro Sánchez es presidente del Gobierno. Su voluntad es acabar la legislatura, pero vendrán las dificultades y está por ver que logre materializar su propósito. Ahora, el viento le viene a favor. Más bien un huracán. España parece haber cambiado más en estas dos semanas largas que en el último lustro. Y no solo a nivel político.

Si este Gobierno feminista de tolerancia cero con la corrupción consigue mantener el pulso, su impronta social puede ser importante. Hemos crecido perdonando la deshonestidad. Sabiendo que muchos políticos robaban y premiándoles con nuestros votos. El PP y Convergència pusieron sus estructuras de partido al servicio del saqueo de las arcas públicas. Y ambos consiguieron ligar su destino al del país en el imaginario de sus fieles.

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No vivimos compartimentando la realidad que nos rodea. La corrupción de la política afecta a nuestro modo de relacionarnos, impregna los negocios y dictamina la moral colectiva. Desde pagar un servicio sin factura hasta falsear un currículo. O pagar menos a una mujer por el mismo trabajo que realiza un hombre (siempre hay alguna excusa, la veteranía, por ejemplo) o aceptar regalos personales inaceptables o evadir impuestos o aceptar la parcialidad de una televisión pública. Es lo habitual, pensamos. Lo deshonesto, sabemos. Otra moral pública es posible. Y, para variar, todos saldríamos ganando.

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